lunes, 24 de febrero de 2014

Talento desperdiciado


Hace un ratito le comentaba a una colega que tengo el curso de Principe Azul, con especialidad en Caballero de brillante armadura y rescates al amanecer. Me comentaba mi colega que no conocía esa faceta mía.
Son cosas que pasan. Tanto potencial para nada. Soy todo corazón encogido en una persona pequeñita, soy la negación de mi afirmación, soy una paradoja que se rehace y se deshace y se hace cada vez que parpadeas. Soy lo que elijo no ser.
¿Por qué? ¿Y por qué no? Vosotros vivis de acuerdo a vuestros impulsos, pensando que son pensamientos. Yo elijo no elegir. Elijo blandir una sonrisa contra el mundo, ahogarme en un vaso de agua, alzar el erizo y afrontar cargas de caballeria desde todos los frentes. ¿Y? Cuando me caigo me levanto. O me quedo un ratito más tumbado, que aquí se está muy comodo y dentro de nada va a salir el sol o la luna, y quiero recibirlos así.
Perro callejero, vagabundo corazón inquieto, niño de ojos grandes, soñador absurdo, cuentacuentos romantico. Tan inutil como el cenicero de una moto y en cambio, tan afilado como un suspiro de mujer, de esos que te llegan en la noche cuando te preguntas... cuando te preguntas.
¿Y todo para qué? Para desgranar versos absurdos, para trenzar poesias sin sentido. Para amar espalda contra espalda, porque no tengo miedo a enfrentarme al dragón, pero si me hundo en tus ojos puedo no volver. Porque casi no recuerdo amar... pero recuerdo que dolía. Duele quemarse en tu calor y duele helarse en este frio absurdo, solo en medio de la nada, viendo las luces que parpadean a lo lejos como las vi tantas veces y preguntandome que habrá al otro lado. Mirando siempre al otro lado.

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