jueves, 6 de febrero de 2014

Entrenamientos


Hace muchos años, un día en el barco, el segundo comandante me dio un consejo. Me dijo "Sanromán, en la vida hay dos clases de personas. Las que arreglan problemas y las que no. Pegate a las primeras".
Es un gran consejo y he procurado seguirlo en la medida de mis posibilidades. Hoy estaba observando a una compañera, para contrastar algo que ya tengo casi seguro. Planes de entrenamiento, dieta... y tras dos años sigue igual o peor. En cambio más tarde, probablemente por contraste, mientras corría noté una figura inquietante a mi lado. Hay una estrofa de Amon Amarth que me encanta citar cuando corro con gente. "Like wolves they show their teeth". Como lobos muestran sus dientes. Porque así es como te sientes cuando corres con gente que se lo toma en serio, que lo da todo. Como un lobo en medio de la manada, corriendo hasta reventar.
No soy un gran deportista. Llegué tarde a esto de correr y no es algo totalmente vocacional. No soy un adicto a las endorfinas que libera, sino que en mi caso es algo más de tipo mistico. Siento que necesito vaciarme y lo hago. Me gusta correr y nadar, deportes autistas que me permiten ponerme a prueba, reventarme y luego seguir con mi vida. No busco más marcas que las necesarias para seguir adelante en mi trabajo ni compito con nadie más que conmigo mismo. Tampoco consiento que alguien que es claramente inferior a mi intente humillarme. Quien es muy superior puede, claro, pero los demás que se lo curren.
¿Por qué tanta excusa? Para deciros que, si algo he aprendido con el deporte, es que existen pocos campos de la vida donde se vea tan claro que el limite te lo pones tu. Pero hay un detalle importante que mucha gente intenta ignorar. El limite se mide en sufrimiento. Se mide en cuanto estás dispuesto a sobrepasar tu punto de inflexión y que te duela, y aún así seguir. Aquel que quiera mejorar deportivamente tiene que olvidarse del sentido hedonista de la vida, de la satisfacción mediante el placer, y entender que la satisfacción se obtiene de otro lugar.
Por eso el lobo rubio que corría a mi lado esta tarde correrá dentro de poco por delante mía. Por eso la reencarnación de mi abuela corre (y correrá) más que yo. Porque por mi parte, ya he llegado al limite de sufrimiento y ya no quiero que me duela más. Ya me llega. Quiero un tiempo para mi, para disfrutar de mi cuerpo, de mi mente, de mi alma. Y luego volveré a sufrir, pero ahora lo importante es centrarme, asentar lo conseguido y ser yo. En cambio, esa chica que piensa tacticamente y que evalua cada decisión en función del rendimiento que le va a sacar a corto plazo (una pena que no tenga visión de futuro, por eso le va como le va), no va a correr más que yo nunca. Porque para correr, igual que para nadar, hay que estar dispuesto a sufrir. Y eso no se mide tacticamente y no admite negociaciones.

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