Curiosamente, en unos días
vengo viendo dos situaciones paralelas en mi trabajo que me han hecho
reflexionar. Tengo un compañero, grande, al que el otro día le conté que
quizás vaya al Castilla y me dijo que él montó
la primera guardia del barco. Y que mientras todo el mundo estaba
hartándose de gambas, él estaba arreglando un ascensor. Por otro lado,
está una compañera mía del curso posterior que me ha pedido los libros.
Estas dos situaciones, que en teoría no tienen
nada en común, comparten el entorno, y con él comparten una serie de
asunciones sobre el mismo. Existe una mentalidad muy española, que
alcance su culmen en el siglo de oro, que penaliza el trabajo como algo
eminentemente negativo. Eso hace que una persona
que trabaja duro y honesto sea “un pringado”. A su vez, otro factor a
tener en cuenta es como el entorno militar es mucho más “crudo” que
otros. Es un entorno de verdades desnudas y realidades contrastadas, de
necesidades inminentes. Como los barcos o las
instalaciones, es feo porque debe ser práctico. No tiene tiempo para
ser sutil ni para jugar con las expectativas. Eso elimina el factor
contraste y hace que cosas que nuestro entorno social no nos permitiría,
por considerarla groseras o violaciones a la privacidad
sean consentidas. Por ejemplo, uno puede preguntar “¿y qué gano yo?” en
una situación en la cual se da por hecho que la cortesía implica dar o
recibir gratuitamente. Y curiosamente, eso nos hace más libres, más
auténticos, más reales. Me da igual. No voy a
negociar. No tengo interés real, doy lo que me sobra. Pero sí reconozco
esa pulsión a no ser manipulado, a no dejar que se aprovechen de mí. Y
es algo sorprendente porque muestra mi actitud defensiva, mi incapacidad
para disociar mis relaciones personales,
mi forma de ver el mundo, del entorno.
Seguiré en otro momento, ahora tengo clase.
No hay comentarios:
Publicar un comentario