viernes, 28 de noviembre de 2014
Leer un libro por la portada
Hoy estaba sentado en una esquina del metro, mirando el movil, cuando entró un hombre y se sentó enfrente mía. Era un tipo grande, pelirrojo, muy ancho y con un abrigo. Se disculpó a izquierda y derecha varias veces, aunque nadie le contestó, y luego se quedó pensando en sus cosas. El metro se fue vaciando, y cuando quedaba poco levanté la cabeza y le saludé. No contestó. Bueno, quizás le molestara mi actitud. Ya cuando quedaba una parada comenté "ya mismo estamos ahí". Me contestó que él tenía un trayecto largo por delante "se reirá ud de mi, pero voy al palacio de cristal a ver las luces de navidad". Por supuesto que no me reí. Me pareció entrañable. A medida que hablabamos, me fui dando cuenta de que el hombre debía tener un retraso. A pesar de ser muy grande, se comportaba como un niño timido, mantenia una conversación en la que no había continuidad. Dos veces mencionó a lo que le decía su madre y casi se disculpaba por viajar lejos, hablaba de las nevadas y como le gustaba...
Me sentí algo triste cuando llegamos a la parada. Le deseé buen viaje, interrumpiendo su monologo sobre la navidad y me fui a mi enlace. Lo ví irse, no muy seguro, y meterse en el mismo tren que yo y me sentí un poco culpable, no sé porqué. Me quedaba solo una parada así que me bajé, andé todo el tren hasta que lo encontré y le saludé con la mano. Él me contestó. Y en ese gesto idiota me sentí un poco en paz conmigo mismo.
Creo que sé lo que me dejó triste. Que una persona así, que tiene un retraso, se vea sola deambulando en busca de belleza. Aunque mi hermano fuera independiente, yo habría querido estar siempre con él, o por lo menos que alguno de nosotros lo acompañara. Pensando en eso me sentí afortunado porque, mi soledad, es algo que puedo entender. Ese hombre, que lamentaba que en el autobus al colegio solo les hiciera caso el chofer, sufría de una soledad que no podía entender. Y la llevaba bien, con una educación y una dignidad que ya quisieramos muchos de nosotros, pero en su forma de andar, deambulando, encontré uno de los peores fracasos de nuestra sociedad. Si no cuidamos de los debiles, si no los protegemos... ¿que derecho tenemos a existir como colectivo?
Ahora mismo estoy casi llorando. Por mi soledad y por su soledad. Por la soledad en la que vivimos y por como, solo por lo que vemos en una superficie, nos creemos que podemos adivinar todo lo demás. Y no nos damos cuenta que, una conversación de unos minutos con un desconocido en el metro, nos puede enseñar tanto sobre nosotros mismos y sobre la vida. Que en este caso, perdonadme que no haya sido más concreto, es que ahí afuera hace frio, que se pasa mal y que una sonrisa, un abrazo, un gesto amable, no nos sobra a nadie. Y que un niño en un cuerpo de cien kilos que viaja solo en el metro para ver las luces de navidad debería darnos vergüenza. Porque lo que me jode, lo que me duele, es haberme ido y no haberle acompañado, aunque no lo conozca de nada. Y habrá quien piense que soy debil o demasiado sensible o lo que os dé la gana, me da igual. A poco que más gente pensara como yo, este mundo sería muchisimo mejor.
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