sábado, 8 de agosto de 2015
A esas chicas que tanto quise
Hoy venía del gimnasio preguntandome "¿qué habrá sido de Raya?". Estoy en uno de esos "periodos de contracción social" en los que empiezas a echar lastre del facebook, del movil y de cualquier lado. Gente que se te va quedando pegada, como mejillones al costado del barco, que no valen para nada y lo unico que hacen es ralentizarte. No necesito cuatrocientos amigos en el facebook. De hecho, no creo que pudiera ni siquiera manejar a cuatrocientas personas, a no ser que lo hiciera de forma impersonal, gritando en un patio o algo así.
Me sobra gente. Es una especie de sindrome de diogenes social, la incapacidad para decir "pierdete", a gente que solo me utiliza, mientras yo me dejo hacer. Supongo que tengo miedo de dejar de sentir, de cruzar esa linea definitiva que separa al "un poquito raro" del "psicopata" -que no es más que una persona sin empatia, con todo lo que eso conlleva-.
Pero esa no es la forma. Al final llegas al mismo sitio, hagas lo que hagas. Y yo llevo tanto tiempo solo, que creo que me he olvidado de lo que es amar. O más que olvidarme, creo que he renunciado a ello. Creo que el amor es algo que les pasa a los demás, algo fantástico, pero a mi no me sale. Igual que no me sale cocinar pan de ajo o nadar de espaldas, hay cosas para las que simplemente no estoy hecho.
Y es una pena, porque he amado mucho y bien. Muchas veces no ha sido correspondido, pero otras veces sí y ha molado mucho. A veces ha sido correspondido en menor escala, pero incluso así ha sido bonito. Como leí el otro día en un letrero "el sexo es como la pizza. Cuando es bueno, es muy bueno. Y cuando es malo, también es bueno". Pero aquí hablo de amor.
El amor es comunicación. El amor es compartir cosas, crear juntos. El amor es que te pase algo y estar deseando contarselo a esa persona, como cuando eras pequeño y llegabas del cole volviendo locos a tus padres. El amor es echar de menos y querer veros, y a la vez entender que no podéis estar siempre juntos y disfrutar de esa punzada de nostalgia. El amor es pelearos de broma, como se pelean los cachorros, aprendiendo a base de arañazos y caricias donde está el otro y donde estamos nosotros.
Yo estoy solo. Y voy a seguir solo. No tengo ningún proyecto vital más allá de "bueno, pues intentaré irme a currar cerca de mi familia. O al extranjero". Una capacidad definitoria asombrosa la mía, eh? Con delanteros centros como yo se gana una Copa del Mundo. Pero no es solo eso. Es que ya no tengo esa ansia de compartir con nadie. Dicen "ya aparecerá alguien", pero si no socializas es difícil. Y yo estoy cansado de socializar, de empezar de cero, de dar el primer paso. De siempre estar en la casilla de salida.
Así que, bueno. Al igual que me acuerdo de Raya, a la que quise con locura, me acuerdo de Inna, la siempre difícil Inna. Me acuerdo de Elena la griega, a la que durante unas semanas amé con locura. Esa era la epoca después de la muerte de Jose y me enamoraba unas dos o tres veces al mes. Me acuerdo de Vero, mi amor platónico del curso. De My Little Pony, humo y espejos, disonancia existencial. Me acuerdo de Pin, que hace poco me dijo que "le aburro". Me acuerdo de Carol, a la que creo que nunca amé, aunque durante momentos lo pareciera. Me acuerdo de Svetlana, a la que fallé, de Elli, a la que quizás amé, de sita Moe, de Jelly, de Bea. Yendonos al pasado, a historias epicas, de Luz mi archienemiga y de Karen. Nombres. Nombres que se pierden por la popa, recuerdos. Ahora los dejo, voy tirando las cartas (de las que siempre escribí más que recibí) por la borda, voy borrando todo.
¿Y qué me queda? Me queda Aliusha, que me quiere como un hermano. Me queda Alisa (casualidad de nombre), esa amiga que viene al rescate a veces. Me queda la serpiente de Mar, de la que es mejor alejarse pero a veces aparece. Y me queda, por delante, mucha soledad. Con suerte algunos amigos. Pero eso no es malo. Algunos de esos amigos conocerán el amor y me alegro por ellos. Hay mucha gente que vive toda su vida, se casa, tiene hijos... y nunca conoce el amor. Yo lo he hecho y soy afortunado por ello.
A veces, mi vida parece una parada de tren, sentado leyendo un libro y esperando para marcharme. Quizás no esa una mala forma de vivir, siempre y cuando tenga alguna historia interesante que contar a la gente con la que me cruzo. Siempre y cuando me asome a esos paisajes maravillosos. Siempre y cuando haga del mundo un lugar un poquito menos malo. Quizás ese sea el amor que me ha quedado. Quizás, esa sea la carta que dirijo al mundo.
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