jueves, 6 de agosto de 2015

Irse y volver


Es interesante el intercambio de sensaciones y expectativas. De repente, desapareces del mundo. Plof. Y todo el mundo parece darse cuenta de que les haces falta. Llegan mensajes, te escriben por facebook... Es una cosa absurda. Gente con la que hace meses que no hablas, de repente se acuerda de ti. Parece como si lo sintieran o algo. Y claro, tu reaccionas. De repente te sientes querido, especial.
Pero ya has pasado otras veces por eso. Lo reconoces por lo que es. Sabes que, cuando vuelvas, habrá unos días de locura, de abrazos y echarte de menos y bla bla bla. Y luego todo volverá a la normalidad y la gente seguirá con su vida. Todas esas promesas de "voy a irme contigo" se quedarán en eso. En promesas. Igual que la gente que te decía en el barco "ojalá me pegara los viajes que tu te pegas".
El agua tiene una propiedad que creo recordar que se llama "tensión superficial". Esa propiedad es la que permite que, si tiras una piedra con un determinado ángulo, rebote. Los atomos de agua se unen formando una especie de pelicula que hace falta atravesar. Algo parecido pasa con la gente. La monotonia o la vida que tienen contiene una cierta tensión superficial. Hace falta sacar a la gente de esa rutina para provocar algún cambio. Estamos demasiado comodos en nuestra zona de comfort.

¿Y yo? Bueno, mi "tensión superficial" es el cambio. Cada cierto tiempo tengo que resetear y reiniciarme. Para ver las cosas desde otra perspectiva, darme cuenta de lo que es importante y de lo que no, de adonde quiero dirigir mi vida y como. Necesito soledad y silencio y hablar con gente en otros idiomas y mezclarme. Necesito salir de mi zona de comfort. Y, muchas veces, necesito volver. Esa sensación de pertenecer a un sitio, de hogar... Hace falta. Uno no hace un amigo de hoy para mañana. Son procesos, Y como todos los procesos en mi vida, necesitan separaciones y reencuentros.

Y todas esas historias tan prometedoras... veremos en que quedan. Probablemente, como siempre, en historias de distancia. Todos somos muy valientes cuando tenemos tres mil kilometros de por medio. O quizás la palabra no sea valiente. A todos nos gusta, cuando es de noche, hace frío y afuera sopla el viento, que venga alguien y nos arrope, nos diga que todo va a salir bien y que somos geniales. Pero al día siguiente, cuando sale el sol, salimos a la calle y nos olvidamos de todo. Porque algunas cosas se dan por hechas, o porque una cosa que decimos en un determinado momento no se convierte en un compromiso firme. Yo soy el primero que digo cosas que debería callar. Pero al final, lo bueno de tanto irse y volver, es que quién de verdad está para quedarse se queda. Aun sabiendo que estás unas semanas, o meses al año. Y quién no, se lo lleva la corriente. Y eso no es malo, sino natural. Como la vida misma.


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