jueves, 20 de diciembre de 2012
Rojo
Sientes el rojo. Abres los ojos y todo el mundo es rojo. Tiemblas, te sacudes. Te cuesta respirar, tu pecho es una sombra imposible que se niega a avanzar más de los centimetros minimos para mantenerte vivo. Te centras. Enfocas. Todo sigue siendo rojo. Las ranuras de tus ojos se estrechan y sientes un goteo humedo, viscoso, en el suelo. Toc, toc.
Todo es rojo. Adaptas la luz a la oscuridad y estás en medio de ninguna parte y en medio de todas. Cerca, pero no tanto como para molestarte, una farola. A tus pies, una carcasa destrozada, hundida. El craneo abierto gotea rojo grisaceo y gris rosado, el pelo es una masa imposible. Un ojo abierto te mira, acusador, un ojo que nunca más volverá a sonreír. Sientes el temblor en tus manos y el pecho que sigue sin abrirse, y el silbido de tu respiración es el fuelle de una locomotora a toda maquina.
No sientes nada. Te sorprendería no sentir nada, pero hace tiempo que asumiste que te quitaron el corazón ( ¿ te lo quitaste tu ? ) y en su lugar pusieron una maquina. Responsabilidad, sentido, decisión, entropia. Consideraciones tacticas, que en este momento están tan fuera de lugar como el mismo sitio en el que te hayas. ¿ Quién eres ? ¿ Qué haces aquí ?
Vuelves a mirar al cadaver destrozado y observas los signos. Violencia. Arden en tu retina imagenes ardientes, vibrantes. Rojo y más rojo. Sientes la presión, el ansia, la descarga de adrenalina, la furia infinita. Furia, furia, furia. Sientes que el rojo lo vuelve a inundar todo. Inspiras y respiras. El pecho cede un poco y puedes respirar. Miras hacía abajo y el rojo ha desaparecido de tus ojos, que son azules. Azul profundo, azul tan profundo que parece verde y de verde parecerá gris, azul como el mar donde ni se imagina uno hasta donde llega. Azul de tumba sin fondo.
Lo reconoces. La reconoces. Sabes lo que es. Te parece más pequeña de lo que era. Y la recuerdas a tu lado. ¿ Quién era ? ¿ A quién le importa ? La usaste para salvarte de ti mismo y la usaste para destrozarte a ti mismo. Pobre muñeca rota. Es un trozo de carne tirado en el camino, una mancha roja en medio de la nada. No es nadie. No es nada. Y mientras la miras sabes que el culpable eres tu, no de lo que has hecho con su cuerpo sino de lo que has hecho con tu alma. De cuantas compuertas has cerrado, cuanta presión permitido que se acumulara, cuanto desprecio por ti mismo reconducido. La arrogancia es la cicuta de los pobres de espiritu. Y mientras contemplas la mancha roja en el suelo, tan oscura que parece negra, sientes un pinchazo en tus nudillos y los miras. Rojo. Rojo hasta el codo y, clavado en tu mano, una filigrana de acero. Que curioso. La destrabas e intentas hacer una figura con ella, rescatar algo de este desastre, construir. Se rompe entre tus manos, manos de dedos ágiles y delgados pero torpes, lentos. Sientes la rabia volver a nacer en ti. ¿ Por qué, por qué, por qué ?
Señor yo no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme.
Vuelves a mirar el cadaver. Lo miras acusador, lo interrogas. ¿ Qué secretos esconde, que tiene que tu no imaginas ? ¿ Qué quedó de tu orgullo enredado en ese cabello que ahora es apenas una mancha grasienta en el suelo ?
Es polvo, polvo que arrastra el viento y vacía de contenido, esparciendo en todas direcciones. Nadie construye una casa con polvo. El polvo se acumula y se deshace, el polvo se mete en la nariz y en los ojos. El polvo te cae sobre las ropas y llega a hacerte perder el color de todo, convirtiendolo en color polvo.
Pero tu no eres eso. No eres rojo. Lo mezclas con verde y azul y amarillo y negro, mucho negro. Echas un poco de blanco y de magenta y dejas que todo fluya. Y el agua, espuma blanca, verde azul, gris, gris... lo arrastra todo y no queda ni el recuerdo. Y tu contemplas el maremoto, abrazandote a ti mismo y te preguntas porqué sufrir, si no es para aprender. Y qué le importa a nadie como está mi alma. Más sola que el silencio y más triste, que la luna. O al revés, ¿ qué más da ? Y el rojo desaparece y la oscuridad te sonríe y sientes tus pasos perderse en la noche, mientras la lluvia repiquetea sobre tu capucha como el badajo de una campana, como todas las lapidas del mundo, como el silencio más estruendoso que te hayas imaginado. Y sonríes, porque sabes que por esta noche, el monstruo sigue encerrado y todos seguimos a salvo. Y sonríes.
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