martes, 25 de diciembre de 2012

Un uso desproporcionado de la fuerza


Tenía yo una asignatura,  " derecho internacional humanitario ", en el cual nos hablaban sobre una legislación para conflictos armados. Había un concepto allí curioso, el uso desproporcionado de la fuerza, que podía ser penado como delito. Es decir, que si el objetivo militar es tomar un edificio, no hace falta bombardear toda la ciudad. Eso es excesivo.
Vale. Esta semana pasada he recibido un uso desproporcionado de la fuerza. ¿ Desproporcionado ?
A ver, existe un problema con los perros. Los perros son bichos tan cabezotas, que una vez entregan su lealtad a alguien es muy jodido quitarselo de la cabeza. Soportan autenticas barbaridades de parte de los dueños y aún así perserveran. Por eso cuando uno quiere que un perro se vaya, que lo deje, que siga su vida por otro lado, no tiene más remedio que ser injustificadamente cruel. Tiene que endurecerse y actuar como si el perro no le importara nada. Tiene que hacerle daño.
Bueno, a mi no me han hecho daño. Hace bastante tiempo que me disocié emocionalmente de determinados estados. Eso sí, mi respeto hacía mi mismo sigue siendo una de mis normas fundamentales. Yo no puedo consentir determinados comportamientos ni actitudes. No puedo consentirlo porque, al igual que afectan a la naturaleza intrinseca del perro, en mi caso afectan a mi identidad. Hay determinadas lineas que no puedo cruzar, porque si las cruzo dejaría de respetarme a mi mismo y ser fiel a los niveles que me exijo a mi mismo, para luego poder exigirselo al mundo.
No es tan difícil. Es como lo de pegar a una mujer. Yo soy una persona eminentemente amoral y no considero que algo esté mal " porque está mal ". Uno no pega a una mujer, porque hay formas muchisimo más elegantes y propias de un caballero de resolver sus problemas que esa. Y si uno pega a una mujer es porque ha llegado a tal extremo de frustración, desesperación y locura que ha cruzado la linea. Después de cruzar esa linea, es muy difícil volver a respetarse a uno mismo.
Yo no puedo permitir que me escupan a la cara cuando tiendo la mano. La gente juega con dientes y garras, pero hay una barrera que no se puede pasar. ¿ Quién soy yo ? ¿ Acaso no valgo una mierda ? Ni hablar. Y ella lo sabe. Lo ha hecho queriendo, como el perro al que golpean para que se aleje del dueño. ¿ Por qué lo ha hecho ? Eso ni lo sé ni me importa. Determinadas palabras una vez dichas ya no tienen vuelta atrás. Decía mi colega Gio que la gente no hace el mal a proposito, sino intentando conseguir el bien. Repito, ni lo sé ni me importa. Una vez cruzamos una determinada frontera ya no hay vuelta atrás. Así que buena suerte. Fly, fly, black butterfly. Pero tu y yo no existimos en el mundo del otro.

No hay comentarios:

Publicar un comentario