martes, 26 de mayo de 2015

Sobre frustraciones



Una de las momentos más importantes en la vida de todo niño es la negación. Cuando aprendes que, oye, hay cosas que no. Ese momento, y tu actitud respecto a ese momento, va a condicionar toda tu vida.
Yo reconozco que lo llevé muy mal. De pequeño no quería asumir que hay cosas que no se pueden, y no se pueden. Siempre he sido muy rebelde. Quizás por eso, cuando nació mi hermano no quise asumir que nunca podría andar. Que no jugaría al futbol, montaría en bicicleta, tendría una novia, se pelearía a la salida del colegio. Eso me rompió por dentro. Yo había nacido para pelear, para superar lo imposible. No concebía el "no", porque en mi mundo no existía.
Pero hay cosas que te superan. Así que tuve que dar un rodeo. Si mi hermano no podía andar, entonces haremos como si andar no existiera. Esa posibilidad nunca se planteó. Somos como somos y frustrarse chocandose contra una pared es una perdida de tiempo. Hagamos algo constructivo, como empujar la silla de ruedas con una mano mientras paseamos. Saltemos en la cama mientras te sostengo, juguemos al ordenador sentado en mis rodillas, bailemos como locos. Mi mente pone una puerta al mundo real y, de aquí para adentro, mando yo. Y yo digo que este es tu castillo.
Si hay algo que hemos aprendido los españoles a lo largo de una historia llena de desastres, es a hacer de la necesidad virtud. Me encanta ese refran. Porque, bueno, a veces uno no puede elegir lo que le toca. Pero sí puede elegir como se lo toma. Yo quería un hermano, y no iba a dejar que nada en el mundo me privara del orgullo de compartir con él. Así que aprendí a poner puertas que la vida no atravesaba. Una de sus profesoras decía, cuando murió, que hicimos que su vida fuera fantastica. Lo hicimos. Sin importar lo que nos dejamos de nosotros por el camino. Y volvería a hacerlo, una y mil veces. Es de lo que más orgulloso me siento en mi vida.
Pero claro, algunas cosas te hacen. Y la habilidad para poner puertas y dejar el mundo fuera sigue ahí. Ayer tuve un sueño inquietante. Me pregunté, a la edad que tengo... ¿llegaré a tener hijos algún día? No es algo que me agobie especialmente, pero me gustaría dejar algo. O sea, estaría guapo. Pero como decía el Buda, si no me dura una novia dos meses, difícil lo tengo. Aunque eso era otra epoca. Ahora ni eso. Todas me quieren como amigo, o están a seis mil kilometros. Y algunas además están locas. Así que pues bueno, pues vale, pues me alegro. En Madrid me dolía menos. Tenía muñequitos, y colegas, y a veces cogía un tren y me daba el sol. Aquí duele un poquito más y vuelvo un poco a la situación de Ferrol. Pero si algo he aprendido, es que cuando uno va al supermercado con hambre siempre termina llevandose cosas que no le hacen falta. Así que vamos a recoger lo conseguido, vamos a consolidar lo que tenemos y vamos a, de aquí para adentro, mandar yo. Que es la unica forma de construir esa historia que, el día que me vaya al otro lado y vuelva a ver al piltrafilla, estaré deseando contarle. Con la cabeza tan alta como solo sabe tenerla un español de bien. Mal que nos pese.

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