domingo, 17 de mayo de 2015

Un hobbit ario en Londres


Pues sí, el gran día llegó. El aquí presente se levantó "temprano", pasó por el trabajo a arreglar un par de cosas, cogió la mochila y se fue para el metro, camino de Londres. Con un papelito donde indicaban direcciones y algo de respeto por el viaje. Primer desafio, como llegar allí. Fue menos difícil de lo que esperaba, aunque los metros aquí son una pequeña aventura, dado que en el mismo anden paran distintas lineas y dentro de la misma linea, a veces con distintos destinos. Al final, prueba superada, llegamos a la parada de Westminster Abbey. Tres pisos hacia arriba, dieciocho salidas de metro, todo de gente hasta la gola... ¿qué hacemos ahora?
Ok, por aquí mismo. Salgo, miro a izquierda y derecha y ahí está el Big Ben. Guay. Afirmar y reforzar, estamos en el sitio. Es más grande de lo que pensaba, que guapo. Coches por todos lados, gente a morir, el parlamento, la abadia, la calle del Parlamento... ¿a donde voy?
Primero, suave. Vamos a dar una vueltecita despacito y hacernos una composición de lugar. Y a medida que uno va andando se da cuenta de que no hay tanta gente... de que el trafico es el normal... de que hay muchas cosas curiosas para ver... y de que no hay maldita la prisa. Así que en un ratito me paseo por delante de la Abadia, miro los edificios de la calle del Parlamento, paso por delante del antiguo gabinete de guerra, de la Horse Guard, me acerco a ver la columna de Nelson (que es enorme, maldito!)... hay tanta historia a mi alrededor. Y yo me siento muy yo, muy "caballero español del siglo xvi". Me falta la ropera y esa perilla de mosquetero que tanto echo de menos.
Hay mucha historia, pero también mucha vida y es muy comodo de pasear. Hay teatros, tiendas, espectaculos callejeros. Hay montones de turistas, pero una vez sales de la zona "tipica" hay mucho para ver sin prisa. Voy a St James Park y está todo como la semana pasada para el desfile del día de la victoria. Hay banderas britanicas por todas partes. Buckhingham Palace está ahí para verlo, en medio de una de esas rotondas que van al revés. Voy al Soho y compro unos dados de rol. El inglés de aquí sigue resultandome imposible de entender, pero la educación es universal y la gente es encantadora. No sé donde estoy, pero ya he cumplido la primera parte de la misión así que, ¿qué más da?
Empiezo a deambular. Esta calle me gusta, la sigo. Aquí parece haber algo interesante. El río es un punto de referencia magnifico, sé que está en algún sitio a mi izquierda. Cuando me doy cuenta he llegado a otro sitio. Voy echando fotos y observando. De repente me voy dando cuenta de que estoy cansando, que deambular sin rumbo es un poco aburrido, que necesito un plan. Miro un mapa y me doy cuenta de que he recorrido casi todo el centro, sin prisa y que se puede. Estoy satisfecho. Londres no es una ciudad tan intimidante como pensaba, hay cosas para ver y para hacer y, como primera aproximación, es explotable.
Vuelvo al metro, vuelvo a la habitación, vuelvo a tomarmelo con calma. A disfrutar del descanso, del fin de semana, del tiempo. No he hablado con nadie en todo el día y me siento un poco solo, pero estoy contento. Ha sido un buen día. A la noche, cena con los españoles, risas, historias y el domingo deporte, skype, colegas. Y otra semana que termina y a por la siguiente. Poco a poco. 

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