viernes, 26 de febrero de 2016

A las cosas, por su nombre


No sé donde leí que los amigos son la familia que uno escoge. Y ayer me dí cuenta de ello, una vez más, con claridad meridiana.
En primer lugar, tengo que agradecer a todo el mundo que me ha escrito, que se ha preocupado y que ha estado pendiente. No voy a hacer un Messi y decir que no me lo merezco y que bla bla bla, porque sé que tengo amigos geniales porque soy un tío genial. Pero así y todo, lo hace a uno sentir humilde tanta buena gente sacando un ratito para ver como estoy, tanto que no he podido atender a todos hasta la noche bien noche.
En segundo lugar tengo que mencionar a Javi y a Marta. Increíble. Dentro de la espiral de soledad en la que ando metido y la vida en Madrid, no hay palabras para describir la sensación de salir de un quirofano y verte aparecer una cara amiga. Y dos. Y que te sonrían. Y te pregunten como estás. La mayoría de nosotros, hartos de películas americanas, creemos que la Epica, así con mayúsculas, es una chorrada. Yo no necesito que vengan a rescatarme en medio de la mar. Para arreglar el mundo ya me valgo yo, gracías. Pero si necesito que, cuando haya acabado de hacerlo, alguien venga y me dé un abrazo. Una sonrisa. Un condenado motivo para seguir haciendolo porque, si no, a cualquiera se le quitan las ganas de arreglar el mundo y opta por mejor dejar que se pudra.
Y ayer me lo dieron. Existen pocos momentos en la vida en que uno se vea más débil e indefenso que en una camilla. Incluso para una operación tonta, dependes totalmente de un desconocido. No sabes lo que te están haciendo y, aunque lo supieras, no puedes intervenir de ninguna manera. Pasar por eso solo, por mucho que seamos, cuesta. Pero una vez fuera, yo he estado arropado y mimado incluso más de lo que podría desear. Y eso es algo que no pienso olvidar nunca.

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