sábado, 6 de febrero de 2016

Cerezos


Hoy, según volvía en el tren, me he encontrado un par de cerezos en flor al lado de las vías. ¿Cuando florecen los dichosos  cerezos? Y de repente me acordé.
Cuanto daño nos hacemos a nosotros mismos, mediante otras personas.
Era invierno en Brasil, pero hacía un maravilloso día de sol, de esos que sales a la calle con una sudadera y al rato te la tienes que quitar. Por la mañana habiamos ido a correr pero había sido una trampa, a los diez minutos había empezado a reírse de mí. Estabamos peleados. No sé porqué. Por lo de siempre o por algo nuevo. Nos subimos al bus, de allí al metro, de allí al bus. Ella sabía a donde iba y yo solo me dejaba llevar.
El parque era inmenso. Había colinas de cesped que parecía artificial, de ese que te apetece bajar rodando y hacer la croqueta. Nos metimos entre setos e ibamos riéndonos. Se estaba bien. Ibamos hablando y parando, hablando y parando. Vimos un cenador y comentamos sobre como se decía en varios idiomas. Ella me contó sobre la última vez que estuvo en ese parque, cuando hicieron el festival japones de los cerezos. Yo iba entendiendo lo que podía.
Recuerdo estar tumbados en la hierba, abrazados. Recuerdo el calor de su cuerpo junto al mío, cuando nos quitamos las camisetas y quedamos allí. Ella llevaba un bikini del Palmeiras y gafas de sol.
Recuerdo, sobre todo, la sensación de paz. La divertida sensación de hallarse fuera del mundo, de que todo podía esperar, y como los segundos se alargaban hasta minutos pero no había prisa ninguna. Y hoy, de repente, un cerezo me ha devuelto a ese lugar, tan lejos en el tiempo y en el espacio.
Es curioso como, cuando tu vida va a toda velocidad, no tienes tiempo de pararte a digerir las cosas. Pero de repente un día, años después, algo se cruza en tu camino y te toca en el hombro. Y alzas tu copa, imaginaria, por lo bueno compartido y das las gracías.  Aunque no acabaran bien pero... ¿qué más da? Al menos se intentó. Y algo bueno salió de ello.

No hay comentarios:

Publicar un comentario