jueves, 11 de febrero de 2016

Vidas de Instagram



Este verano una chavala con la que hablaba por internet me convenció de instalarme el Tinder. "Está bien para conocer gente" y lo ilustró con algunos ejemplos. Tras ciertos problemas técnicos -ya estoy muy lejos del informático que fui hace diez años-, lo he instalado. Y es verdad que he tenido alguna conversación con alguien e incluso conocí a una chica. Pero es todo demasiado... crudo. Será mi forma de ver el mundo, que soy un antiguo, pero no creo que en un par de horas te hagas una idea sobre como es una persona.
Lo que sí me ha sorprendido, asomándome a la aplicación, es cuanta gente tiene vidas "de película". Cuantas fotos con filtro, cuantos paisajes exóticos (¿de verdad tanta gente ha ido de turismo a Londres? casi me hace sentir vulgar), cuantas citas de sabiduría de galleta de la suerte. Uno, que ha tenido sus viajes y sus experiencias, se plantea si realmente mis experiencias son "autenticas". Quiero decir, con tanto filtro y tanta historia, tanta foto modificada y tanta historia... ¿Qué tiempo te queda para vivir de verdad? Para estar con los amigos y con la familia, no echándote fotos sino viviendo. Ya alguna vez he dicho que, un viaje que tiene pocas fotos, es un viaje exitoso porque significa que estaba demasiado ocupado para pararme a echar fotos. Los mejores recuerdos son los que llevamos con nosotros.
¿Seré raro? Seguramente lo soy. Pero a veces, cuando veo todas esas fotos me pregunto... ¿de qué huyes? ¿Qué buscas? ¿No te preguntas nunca... por qué haces las cosas? Es algo que percibí alguna vez en un buen amigo mío. La búsqueda del momento por el momento, como si la historia, ese continuo de nuestra vida, no fuera más que el decorado que justifica esa chispa de gloria fugaz, pasajera, luminosa, que hace que todo lo demás quede en tinieblas.
No quiero que mi vida sea una foto. Prefiero que mi vida sea un cuento. Y no me fio mucho de nadie que cree que un envoltorio bonito, justifica vender un montón de... nada.

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