miércoles, 4 de mayo de 2016

De ese palo, esta astilla


"Cuando hay que comerle el culo a un perro, no sirve de nada mirarle el rabo".
Así decía Jesús, un ex-novio de mi hermana, para explicar como, a la hora de afrontar una tarea desagradable, distraerse con temas accesorios a la misma no ayuda. O dicho de otra manera, que si tenemos que hacer algo que no nos gusta, mejor dejar de perder el tiempo con tonterías y hacerlo cuanto antes.
Soy un hombre duro conmigo mismo. Tengo problemas (según Freud motivados por mi relación con mi madre) para sentirme orgulloso de mis logros. Me exijo mucho. Me perdono poco. A veces me doy cuenta y bajo el listón, me río, me burlo de mi mismo. Pero enseguida vuelvo a apretar los dientes y a pelear, porque es lo que he aprendido desde pequeñito y sé que funciona. Y claro, bajando un escalón, soy igual con mi gente. Me cuesta felicitarles sus exitos. Les exijo mucho. Les perdono poco.
Pero a veces, también tengo que bajar el listón y los brazos, para poder abrazarles. Y bien sabe Dios que me gustaría abrazarles.

Tengo una madre y una hermana. No hablo mucho de ellas, como no hablo de casi nada que sea realmente importante para mí. Nuestra biografia no es fácil, pero antes me arranco un brazo que permitir a nadie sentir lastima de nosotros. El caso es que esta semana me he encontrado con una situación antigua y me apetece guardar esto aquí para leerlo dentro de unos años.

Yo tenía unos quince años. Mi madre estaba con un hombre y no les iba bien. Hacía tiempo que no les iba bien, pero ese hombre era el padre de mi hermano y vivía con nosotros. Imagino que mi madre le quería. No lo sé. Pero entre una relación egoista que se iba a la mierda y nosotros, mi madre nos eligió a nosotros. El padre de mi hermano salió de casa y de nuestras vidas. Mi hermano hace casi seis años que murió. Su padre murió después, aunque yo no lo sabía. Pero, al igual que mi tía Veva, mi madre tomó la decisión difícil, pero correcta. Hizo aquello en lo que creía, fue honesta consigo misma, fue valiente. Le tuvo que doler, pero aún hoy puede levantar la cabeza y decir que ella es quién ella ha elegido ser.
Esta semana, mi hermana ha hecho algo parecido. Y me ha hecho sentir orgulloso. No suelo decir esto, porque no me lo digo a mi mismo. Pero mi hermana, ese personaje con el que llevo toda la vida peleandome, es una mujer de bandera. Es una mujer valiente, honesta, trabajadora. Es una mujer inteligente, divertida, fortisima. Ha sido la payasa que hacía reír a los maniacos depresivos de mi madre y a mí, ha sido la que entraba en casa gritando. Y, al igual que lo hizo cuando la venta del piso, que salió a pelear por mi madre como una leona, ahora ha elegido ponerse en pie y hacer lo que debe. Aunque probablemente no le guste. Pero, como decía aquel profesor, en nuestro interior siempre sabemos lo que queremos, así como siempre sabemos lo que está bien.
Cada día me lo encuentro, en una forma o en otra. Gente que tiene un trabajo que no le gusta. Una pareja que no le gusta. Que vive donde no quiere. Gente prisionera de sus decisiones, en lugar de dueño de ellas. Con el ejemplo de mi madre, de la tía Veva, de Karen... mío. No quiero vivir así. No quiero vivir sin ser dueño de mí mismo. Y me siento ferozmente orgulloso de compartir esto con mi hermana. De que ella tampoco quiera una vida que no se merezca. 
Es gracioso. Tantas cosas que escribo, algunas tan inspiradas... y precisamente para esto, que es tan importante, no me salen las palabras. Quizás por eso hay cosas que no pueden escribirse, que no pueden decirse, que no pueden cantarse. Cosas que simplemente... son. Y al ser, comprenden cuanta explicación pueda darse sobre ellas.

Gracias, Mamu. Gracias por ser tu misma y gracias por seguir haciendome sentir orgulloso de ti. Niñata.

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