miércoles, 18 de mayo de 2016
Mantenemos el miedo a los nombres
Quizás con un cierto deje de orgullo. O quizás es que aún no me he dado cuenta de que, como en tantas cosas, la gente se divide básicamente en dos grupos. A los que les gustan las preguntas y a los que les gustan las respuestas.
Me explico. Ayer leí un artículo que había compartido una amiga titulado "somos la generación que no quiere relaciones". Y es absurdo. Porque, precisamente la chica que compartió ese artículo, no es capaz de estar una semana sola sin agobiarse.
La gente aún no comprende que las palabras no tienen sentido por si mismas. Que, como símbolos que son, tienen el sentido que les damos nosotros al interpretarlas. Es cierto que un cierto "acuerdo colectivo" asigna a determinados conceptos determinados atributos. Pero considerar que "relación" solo es "relación estándar" en estos tiempos de disolución social, donde todo sucede tan rápido... es absurdo. Si "llamar" ya no aclara el medio, ¿por qué "relación" debe llevar asignados unos ciertos usos sociales? En una época en que "amigo" es cualquiera que esté dispuesto a escucharte y apoyarte... ¿por qué no trascender de las formas sociales habituales y definir nuestras relaciones en función de nuestros sentimientos?
Ese es uno de los motivos de la esquizofrenia de la gente de mi edad, la no asunción de la realidad imperante. Queremos vivir con la libertad de esta era, pero vinculados a las seguridades de la época de nuestros padres, sin entender (sin querer entender) la paradoja de dicha situación. Porque de la libertad se deriva la responsabilidad, pero sin la madurez suficiente para afrontarla lo único que hacemos es vadear en la oscuridad.
Lo veo casi a diario. Personas que quieren todo... y no asumen que eso tiene un coste. Personas que quieren una seguridad... y no asumen que eso no existe. Personas que creen ser adultos... hasta que se ven obligados a tomar una decisión.
Y mientras, tic tac tic tac, el reloj sigue sonando. Y aquellos de vosotros que preferís las respuestas a las preguntas, seguís soñando con una varita mágica que resuelva vuestros problemas. Echando quinielas, tomando ansiolíticos, viendo fútbol. Durmiendo todos los días con la misma persona y convenciéndoos a vosotros mismos de que eso no es una relación. Como si cambiarle el nombre a algo cambiara su esencia. Como si solo existiera una forma valida de amor.
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