viernes, 20 de mayo de 2016

Resiliencia y cuentos



Es un título al azar. No sé porqué, últimamente veo mucho esa palabra y me ha apetecido usarla de titulo. No venga, voy a currarme algo mejor. En vez de "resiliencia" vamos a llamarla "resiliencia y cuentos".
Hace mucho mucho tiempo, cuando aún era un joven impresionable, recuerdo una historia que... bueno, que me impresionó. Estabamos estudiando Historia, esa asignatura que ha inspirado a tantos jóvenes con problemas de socialización desde que el mundo es mundo, y llegamos a la Primera Guerra Mundial, el Tratado de Versalles y todas esas cosas que, probablemente tantos años después, nadie que no sea un friki (o alguien con interés cultural, que es casi igual de peyorativo hoy en día) recordará. Mi profesor, d. Lorenzo, aún hoy alguien a quién me precio de saludar por la calle y seguir en fb (está jubilado y echa unas fotos buenísimas de sus viajes por el mundo) nos contaba como, al acabar la guerra, las ciudades alemanas estaban destruidas. Alemania tenía que pagar unas reparaciones de guerra enormes, así que no había dinero para obras de reparación. Como la mayoría de alemanes vivían fuera, pero trabajaban en la ciudad, al ir o venir del trabajo pasaban junto a ruinas. Según nos contó Lorenzo, al volver del trabajo la gente dedicaba un rato a recoger, desescombrar, ordenar. Y al cabo de un año, la mayor parte de las ruinas ya habían desaparecido.


No sé si es verdad. Tras tantos años y bastante viajado por allí, me lo creo. Los alemanes son así. Ven algo desordenado y, espontáneamente, lo ordenan. También son muy nacionalistas (no solo patriotas) y les preocupa mucho lo que alguien pueda pensar de como está esa calle, por Dios. Por otro lado, bastante tendría la gente en ese momento histórico con llegar a final de mes y darle de comer a sus hijos para, encima, preocuparse de desescombrar la calle.
Aún así, la historia se me quedó. Y hoy la recordaba porque, cuando la escuché, me sentí identificado. Ante una sociedad dada a la complacencia o a exigir soluciones a los poderes públicos, me encantó esa iniciativa popular. No "recojamos firmas para poner desfibriladores", sino "pongamos desfibriladores". En este caso, es mi ciudad y yo voy a mantenerla limpia. He perdido la guerra, pero eso no es motivo para vivir en la miseria. Pobre pero orgulloso. Me gustó mucho esa historia y, supongo que con otras cosas que he vivido en un sitio y en otro, forjó mi carácter.


Desde que somos pequeños, contamos cuentos. Alegorías e historias. Todos nos sentimos identificados con unos y con otros protagonistas, pero lo importante es la historia en sí. El mensaje que nos transmite. Esa historia que nos contó mi profesor, cierta o no, contenía un mensaje de esperanza y de orgullo. Venía a decir que somos dueños de nosotros mismos, que como comunidad tenemos unos derechos, pero también unas obligaciones, y que es en la ejecución del día a día cuando damos forma a nuestro entorno. Somos lo que hacemos. No sé si me venía de antes, pero esa es una de las historias que me hizo interesarme tanto por Alemania. No sé porqué hoy me he acordado de ella, pero quería compartirla aquí.


Ah, y ya he leído la definición de resiliencia y encaja. Es bien.

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