viernes, 31 de marzo de 2017

Y entonces, pasa


Cuando menos te lo esperas. Un día sin más, como otro cualquiera. Vas a la ciudad a arreglar papeles. Sales y, sorprendentemente, tienes algo de tiempo libre. Paseas junto al mar. Que bonito es todo. El cielo tan ázul... no tienes prisa. Decides ir a recoger a una amiga a la que quizás veas. O quizás no.
Ahí está. Y vais a desayunar. Y charláis y charláis y charláis... es como si os conocieráis de toda la vida. Quizás ese sea el caso. Aprendes mucho y te ríes mucho y te sientes bien.
Cuando os despedís, te da pena. Eso es bonito. Extrañamos aquello que nos hace felices. Y vuelves a casa y aprovechas las horas libres que te quedan. Lees. Pintas. Duermes. Comes. Juegas. A la noche ya no puedes dormir así que das una vuelta... otra vuelta... otra vuelta...
En algún momento la noche debe terminar. Y miras el reloj. Las tres. Las cuatro. Confundes sueño y vigilia.
Y en lo profundo de la noche, os volvéis a encontrar. Tu hermano y tu. Sentados en el sofá viendo la tele. Tu le cuentas que tal ha ido tu día. Todo. Y él sonríe y salta. Y le dices que le has echado de menos y que hace mucho que no os véis. Que hace mucho que no te abraza. Y él extiende el brazo y te agarra y de repente estás en casa. Como cuando volvías de navegar, que daba igual cuanto tiempo pasara, hasta que él no te abrazara no estabas en puerto. En casa.
El hogar es donde quieres y te quieren. Y existe un tipo de amor, un determinado tipo de amor, que no puede dartelo nadie.
Suena el despertador. Pero no es real. No quieres que lo sea. Y estás envuelto en la sabana y quieres que el mundo se acabe. Porque esto (levantarte, ducharte, irte a trabajar), no es real. El abrazo de tu hermano, eso sí es real. Su sonrisa. Su expresión de pillo antes de ponerse a saltar, a tirar un juguete para que tu vayas a buscarselo, a hacer algo que sabe que te enfada y te molesta. Ese momento... eso es tu realidad.
Y pasa el día. Y vas al trabajo dormido y resuelves historias y corres y pasas un rato interesante de instrucción y ahora lavarás ropa y arreglarás otros problemas. Pero todo eso da igual. Porque gracias a un encuentro, a unos momentos, a quizás una insolación... gracias a eso, durante un ratito pasaste al otro lado. Y sabes que te está esperando y que te quiere. Como tu lo quieres a él.
Así que gracias. Muchas gracias.

miércoles, 29 de marzo de 2017

Filasticas de vida


Recuerdo que, hace muchos muchos años, cuando era un joven estudiante de marinero y tenía que aprenderme dieciocho mil nombres que luego no se usaban para nada, me encontré con un gráfico que me inquietaba. Explicaba como (alguna vez os lo habréis preguntado, seguro) se hacían las diferentes "cuerdas" que en un barco os podíais encontrar. Y era tan simple que parecía mentira. Cogías entre tres y cinco "hilos", los trenzabas.Cada hilo te daba una trenza.
 Hacías lo mismo varias veces. Cogías esos trenzas, volvías a trenzarlos entre ellos y tenías otra trenza. Y así sucesivamente. Era un gráfico que empezaba a la izquierda con pequeños hilitos, apenas gusanos, y terminaba a la derecha con un tipo de cuerda llamada "coco". Para los que sepais de lo que hablo, un "coco" necesitas dos manos para levantarlo, El hecho de que algo tan grande se construyera de algo tan pequeño era una cosa que me fascinaba, como contemplar los cromosomas que componen un cuerpo humano en una gráfica.

Y ahora venía para aquí, pensando que la vida es un poco así. Cogemos tres o cinco hilos (nuestros padres, nuestra familia, nuestra posición...) y con eso empezamos a trenzar. Con esos hilos formaremos una filástica, que será nuestro pequeño yo. A ese pequeño yo iremos añadiendo experiencias, sentimientos, opiniones... decisiones. Y lo volveremos a trenzar, para hacer un cordón. Al igual que con los cabos, cuantos más cordones entrelacemos más resistente será el producto final. Pero si en algún momento nos pasa algo, siempre podemos volver a abrir el cabo y ver los cordones de los que está compuesto. Claro que si queremos ver más allá, tendremos que abrir más. Sacar un cordón y ver las filasticas de las que están compuestas. Y determinadas cosas no podremos verlas nunca, porque haría falta romper el cabo para ver de qué está hecho.

Así es la vida. Vamos acumulando experiencias, relaciones, prejuicios, creencias... Todo a base de decisiones. Y en un momento dado de nuestra vida, miramos atras y vemos todo lo recorrido. ¡Que difícil se hace entonces cambiar algunas cosas! El cabo ya ha avanzado metros y metros. Quizás incluso estemos sosteniendo algo, algo que dependa de la elasticidad, firmeza y resistencia del mismo. Si el cabo se corta, muchísimo de eso se perderá. Y sin darnos cuenta, establecemos dobles relaciones de dependencia. El cabo sostiene lo que sea, pero sin sostenerlo el cabo carece de sentido.

A veces hay que pararse y pensar. Preguntarnos. ¿Esta es la dirección que queremos llevar? ¿O quizás hemos cogido el camino más comodo, el de menor resistencia? Eso no hará un cabo firme. A veces dejamos entrar en nuestros hilos, en nuestra trenza, a gente que no aporta gran cosa, a trabajos que no nos hacen felices, a responsabilidades que realmente no queremos. O al revés, rechazamos cosas que sí queremos por miedo. Tanto lo que decidimos como lo que no (que también es una decisión), se entrelaza para darnos la forma que tenemos.

A veces, me gustaría volver atrás y ver con qué me hice. No para cambiar nada, sino simplemente para intentar entender porqué hago algunas cosas que hago, y porqué dejo de hacer otras. A veces, me gustaría entenderme tan bien como parezco entender a los demás.

P.D: A veces, es necesario dejar morir aquello que ya está muerto. Aunque nos guste. Aunque nos duela renunciar a ello. 

domingo, 26 de marzo de 2017

Hora de deportes


Vivimos en una sociedad competitiva. Es un hecho. Intentar apartarse de eso es no querer ver la realidad. Todos nos medimos con nuestro entorno. Y para un chico, desde casi que nace, eso significa deporte. Correr. Pelear. Jugar al fútbol. Escalar. Lo que sea. Desde muy pequeño crecemos aprendiendo nombres, estadisticas, desafios. Repitiendo jugadas que hemos visto o intentando hacerlas. Crecemos desafiandonos y, animales jerarquicos que somos, construyendo rankings.
Yo he sido un extranjero toda mi vida. Nunca le he cogido el rollo a eso del deporte. De pequeño tuve asma muy fuerte y eso me apartó de algo que para todos los demás era normal. Quizás por eso nunca le llegué a coger el gusto. Me aficiono al deporte como un anexo a algo; al espíritu de equipo, a una identidad colectiva, a una heroicidad. No me gusta el deporte como deporte.
Cuando entré en la Marina me encontré con que el deporte era obligatorio. Ya no había como elegir. Era sí o sí. Y como en mi familia somos gente profesional, me lo tomé en serio. Me hizo falta un esfuerzo extra para ponerme al día y, como sabrán los que me leen por aquí, no me fue facil.
El otro día, un compañero comentaba "no veas si corre el rubio". Y yo me sentí super extraño. Porque de repente, tras toda una vida al final de la cola, ahora estoy delante. Y no me siento comodo.

Os voy a contar una anecdota. Hace muchos muchos años, cuando tenía unos once o doce y casi no tenía amigos, un compañero me propuso ir a jugar al fútbol con él por las tardes. A veces ibamos solos y otras venía un amigo. Tenía que ponerse uno de portero, la posición menos glamourosa del mundo (hasta que Casillas se lió con Sara Carbonero, pero esa es otra historia). Y como nadie quería, yo me puse. Como jugabamos muchas horas a la semana, llegó un momento que de tanto insistir se me empezó a dar bien. Y un día en el colegio, cuando nos obligaban a jugar a toda la clase, mis compañeros se asombraron de que no se me diera mal.
Quizás será por eso, siempre me siento atraido por lo que no quiere nadie. Los destinos menos atractivos, la gente que está fuera del foco. Me gustan las cosas distintas. Y quizás, ahora, pienso que el hecho de que reivindicarme deportivamente como portero (asumir que mi cuerpo servía para algo más que para llevarme de un lado a otro), haya condicionado ese aspecto de mi personalidad.
Pero ¿quién sabe? Estamos hechos de tantas cosas distintas que es imposible señalar un momento y decir "ahí, nos salimos de la carretera. Ahí. "

Actitudes


Ayer estrené mi tendedero comunal. Fue una experiencia. Tras unas semanas muy ajetreadas por fin paré, me puse el pijama y cené. Dormí mucho, fui a correr y limpié la casa. Un poco de rutina y orden para centrarme, para mí. Tras todo eso, conseguí subir arriba y poner mi ropa limpia en un cordel para que se secara.
Cinco minutos después empezó a llover. Me di cuenta casi de casualidad y subí corriendo. El suelo estaba mojado y por poco me caigo. Recogí la ropa corriendo, me empapé y la volví a tender. Luego me harté de reír.
Sí. Podría haber gruñido, enfadarme, protestar... ¿Para qué? Estaba calentito en mi casa. Tenía la ropa limpia. La lluvia olía fantástica. Ya habrá motivos y razones para enfadarme, protestar, quejarme, sentirme mal. Pero en ese momento estaba contento y quiero seguir estandolo. Nos pasamos la vida peleando batallas perdidas (contra la lluvia o la Administración o el humo o... ) sintiendonos frustrados, tristes y enfadados. ¿Para qué? Es mejor aceptar las cosas como son y dedicarnos a disfrutar de lo que podemos disfrutar. Hay que concentrarse más en ser felices.

viernes, 24 de marzo de 2017

Cuanta gente rota


Asomarse a una pagina de contactos es una experiencia desoladora. Sobre todo para los que andamos buscando amistad o somos unos románticos o tenemos algo de empatía. O quizás simplemente estamos aburridos.
El tema viene con la edad. Decía Elena de Donetsk que esto es un mercado y va por gamas. Que hay que saber vender el producto. Pero la gente no es consciente de ello porque vive en el más absoluto egocentrismo. La gente compra, pero no es consciente de que a la vez vende.
La tendencia que percibo va en dos fases. Por debajo de los 30 y pocos (la nueva barrera de la juventud), quiero un perfil. Porque lo valgo. Porque puedo elegir. Porque quiero. Aún hay curiosidad pero ya empieza a haber mucho cinismo. Cuanto más cerca de la barrera, más presión.
A partir de los 30 y bastantes la cosa cambia. Ya hay cicatrices. Quiero algo que me arregle. Que me cure, que me valore, que me haga olvidar. Que me devuelva la visión que tenía.
Y en medio de tanto pedir yo me pregunto...  Que ofrecemos a cambio? Decía Einstein que si queremos resultados distintos tendremos que inte tar cosas diferentes. Pero eso no lo hace nadie. Nadie se equivoca, nadie aprende, nadie arriesga. Nadie tiene curiosidad ni cree en la evolución progresiva, en caminar antes de correr. Y al fibal uno llega a la conclusión de Ronald.
Mejor conozco gente en bares.

miércoles, 22 de marzo de 2017

Acepta las cosas como vengan


Esto es una cosa bastante difícil. Esta semana parece que empezó bien. A ver cuanto tarda en echarse a perder. Pero por ahora soy optimista. Estoy haciendo cosas. Me siento bien conmigo mismo. Hasta descanso. Y en cierto sentido me sucede a la vez que he dejado de pensar en el futuro. Simplemente dejo que las cosas fluyan.
Tampoco intento comprenderlas. Ni comprenderme. Me perdono los errores y me esfuerzo por aprender. No me enredo con el pasado. Dejo que las cosas fluyan. Si hay alguien en mi vida que no me hace sentir bien, dejo que se vaya. Si hay alguien en mi vida que me hace sentir bien, le invito a que se quede. Pero sigo mi camino, sin entretenerme demasiado.
También esta semana ha reaparecido gente interesante. Es lo que decía el Tte Luis. Cuando uno se siente bien, pasan cosas buenas. Hoy leí una frase que me gustó mucho, de Buda "En lo que pensamos nos convertimos". Hace dos semanas estaba preocupado porque no sabía lo que quería ser. Porque hacía cosas que no entendía. Porque no me reconocía.Y de repente, sin pensarlo, me he encontrado. Seguramente por el viaje, por reencontrarme con gente y con paisajes, por disfrutar el momento. He descubierto lo que quiero.
Quiero ser feliz. Y eso lo consigo poco a poco, cuidandome, disfrutando, aprendiendo. Y dejando que todo pase cuando tenga que pasar.
Un abrazo gente. Muchas gracias y a seguir ahí. Bienvenida primavera.

domingo, 19 de marzo de 2017

I have given up hope

Estoy en un punto intermedio entre el hastío, la resignación y la desesperación.
El fin de semana pasado fue fantástico. Volví a ver a Domi, volví a salir de fiesta con Ronald, volví a aprender y descubrir y experimentar. También me pasó algo muy loco, que a cientos de personas les pasa todos los días pero que yo no conocía.
Este fin de semana ha sido fantástico. Volví a ver a Aliusha y a los colegas de Madriz y a Cristina y descubrí cosas y me sentí querido. En medio, durante la semana conocí gente nueva y compartí buenos momentos.
Y ahí estamos. Nada me sabe a nada. No quero correr ni nadar ni aprender ni... No quiero nada. Me siento como si todo le pasara a otra persona y yo solo estuviera de paso, mirandolo desde la ventana. Al otro lado del cristal, sin comprender muy bien de que va todo eso ni que tiene que ver conmigo.
Será eso hacerse mayor ? Dejar de ser actor activo y pasar a ser solo sujeto pasivo de tu presente, no ya incapaz de controlr tu vida sino de tam siqiiera que te importe. Y mientras pagas facturas y arreglas cosas y trabajas y comes a veces y duermes a veces y, cuando miras el sol por la ventana le preguntas.
Habrá algo distinto hoy? Puede existir?

jueves, 16 de marzo de 2017

Actividades maduras


Hoy he participado con un compañero en un hobby bastante curioso. El caso es que, hablando del tema con una amiga, me comentaba que le llama la atención como los niños juegan a unas cosas de pequeños... y de mayor siguen jugando. Fútbol. La guerra. Peleas. Miniaturas. Videojuegos. Envejecemos pero no dejamos de hacer las mismas cosas.
Eso me recordó una cosa que me pasó en el barco. Estabamos jugando cartas y un jefe entró y dijo "a ver cuando maduráis". A mi me dio bastante igual, pero mi compañero se rebotó y empezó a protestar. Recuerdo que dijo "Si madurar consiste en casarme, tener hijos, hartarme de trabajar para pagar cosas que no quiero y vivir una vida que no me hace feliz... que madure otro".
Y bueno. A ver. Volviendo a la conversación con mi amiga, no creo que existan "actividades" maduras e inmaduras sino "actitudes" maduras e inmaduras. Una persona que se enfada porque le adelantan en una autovía y decide convertir eso en una cruzada personal es un niñato, y me da igual que tenga sesenta años. Lo más bonito que me ha dicho nunca una chica, y de esto ya hace años y años, fue "Eres un niño cuando puedes serlo, y un hombre cuando no tienes más remedio". Es como cuando iba por Kiev y Elena me decía "Ale, deja de decir "oooohh" a todo" y yo argumentaba "¡pero es que es tan diferente!".
Me encanta poder comportarme como un niño con gente con la que me siento comoda y con la que puedo reirme. Y considero que es un error entender la madurez como una forma de vestir, como una serie de actividades o como una forma de vida. La madurez consiste en asumir determinadas realidades de la vida (que nos vamos a morir, por ejemplo) y hacerlo con naturalidad, con equilibrio. La madurez consiste en extender la mano hacia la oscuridad y, al no tocar nada, no empezar a gritar. Madurez es tenernos sobre nuestros propios pies.
Y mientras seamos así, como si queréis llevar el pelo azul con sesenta años. Es vuestra vida. ¿Qué más me da a mí?

viernes, 10 de marzo de 2017

Soy un anacronismo

El otro dia estaba hablando con una amiga sobre nuestra forma de pensar y de vivir. Es una chica genial y apoya cada proyecto que hago. Total que hablabamos de mi 'estudio' y le pasé una foto. Y hablando de eso le dije 'Soy un chico de los 90 que no acaba de encajar. '
Los 90. El revival de los 80 les ha pasado por encima y en cierto sentido mejor que fuera así. La época dorada de Nirvana pero también el último Donnington. Super Mario. El Juego de la Oca. Sharon Stone. Van Damme. Nosotros jugabamos al fútbol por las tardes y aún coleccionabamos cromos. Los 90 fue el primer paso de la globalización. Entonces aún no había móviles, internet empezaba, la URSS se iba al caralho y el futuro parecía optimista. Y yo, chico criado en un colegio católico, gafotas, pequeño y sabedlr de que en cualquier momento podía ser aplastado, me encontré con lentillas en un instituto empezando una nueva vida.
Y podía ser quien yo quisiera. El mundo era mío. Podía aprender idiomas, podía escuchar a la gente, podía cambiar el registro. Escuchar musica aprender viajar. El mundo estaba cambiandk y cada día surgían nuevas modas, nuevos códigos y todo era ridículo pero a la vez prometedor. Era un poco como el Este de Europa. Quizás por eso me gusta tanto aquello. Conecta conmigo.
Pero estoy hecho de retazos, como Frankenstein. Soy educado y romántico y cínico y curioso y un niño y un viejo y un poeta. Soy demasiado complicado para ser uniforme y demasiado coherente para ser esquizofrénico.
Soy raro. Pero me gusta serlo. Y me gusta poder compartir esa rareza con gente de todo el mundo, que también son raros. Me encanta.

lunes, 6 de marzo de 2017

Muy parecido a alguien, a quién un día quise

Facebook, ese maldito chivato, me puso por delante el otro día una foto de hace cinco años. Salgo de lado, apenas medio yo, cegado por la luz y sonriendo. Esa foto la tomó Mar, en la Alameda en Cádiz, la última vez que nos vimos antes de que la sangre se envenenara entre nosotros.
El Ale de esa foto, que sonreía a la camara mientras abrazaba la cintura de Mar, ya no existe. Con la pausa de Carol, ya no abrazo cinturas. Tampoco sonrío al futuro, esperando cosas mejores y me pongo gorra para no deslumbrarme por la luz. Me he vuelto una criatura crepuscular, sabia y sosegada. Cansado. Tan cansado.
Tampoco existe la Mar que sale en una de aquellas fotos, guiñando un ojo y sacando la lengua. Nunca fue más que una niña, pero ahora es una niña rota que envenena a quienes la tocan. Demasiado bonita para ser buena, demasiado oscura y dolorosa incluso para si misma.
Hoy pasó lo que tanto temía. Aparqué al lado de su instituto y me la crucé. La reconocí enseguida de espaldas; hay personas que reconoceriamos incluso dentro de un saco. Yo llevaba gorra. Pasé a su lado y ella me vio, sin conocerme o haciendo como que no me conocía. Yo volví la cara.
Como si hubiera visto a alguien a quién hace mucho conocí mejor que a mi mismo. Y a quién quise. A quien quise muchisimo, cuando todavía sabía querer.

La bourgeoisie terribles (la terrible burguesía)



Alguna vez he comentado, que uno de los signos más obvios de juventud es la Certeza Absoluta. Así, con mayúsculas. Creo que empieza con la adolescencia y acaba en torno a los veinticinco, veintiséis años, pero no es una cuestión matemática. Depende más de las experiencias vividas y los guantazos recibidos, así como de una cierta tozudez, la resistencia a asumir que, en general, no somos nosotros el centro del universo. Ojo, matizo importante aquí, porque alguna gente nunca llega a descubrir eso.
En este caso lo pongo en francés porque ayer me lo encontré precisamente en ese idioma. Google translator nos permite expresarnos de formas que, limitados al uso de la lingua franca, nos sería imposible. Así que ayer me encontré con uno de esos prejuicios franceses tan intensos, tan puros, por estar tan terriblemente arraigados en esa mezcla de clase, raza y religión que es la Verdadera Burguesía.
Segundo matiz. Yo no soy un libertario quema banderas. Gracias a Dios, mi adolescencia terminó en ese aspecto. Pero existen determinadas "verdaderas" (la Hizquierda, la Burguesía, la Milicia, la Iglesia, los Perroflautas...), grupos identitarios o tribales con unos rasgos tan definidos que son caricaturas de si mismos que, por sorprendente que nos pueda resultar (a mí al menos), siguen teniendo miembros "puros".
El caso es que ayer, como me sucede a veces, me di de cara con el habitual contraste de mi vida. Parece que todo me viene por parejas para que sea más fácil comparar. Primero una conversación con una terrible burguesa, explicándome su visión del mundo en hechos, blanco y negro, tan claro y absoluto que me pareció divertidísimo. Sobre todo porque la vida, al menos cuando la has rodado un poco, te demuestra que nada es blanco ni negro y que esos "yo nunca..." la vida no se los toma como una declaración, sino como un desafío. Siempre pongo el mismo ejemplo, pero es que es divertido. Yo de adolescente decía "antes puta que soldado", y me pegué cuatro años de Marino. Cosas que pasan.
El caso es que, como decía, me encontré con esa burguesía francesa de absolutos. Y luego, apenas unas pinceladas, un saludo a sita Mel. Que decía que "El ser humano es angustia en esencia, con pequeños encuentros con una sensación de felicidad que, en realidad, no podemos tolerar por mucho tiempo". Me encantan esas figuras tan de contraste, tan Ying y Yang. Me parecen mucho más reales y humanas que esos "yo nunca...", que terminan ahogándonos cuando la realidad, tan pesadita ella, nos dice que bueno... que nunca nunca... lo que se dice nunca...
Y aún así, ahí están. Capaces de hacer muchísimo daño estableciendo sus límites, diseñando el mundo, marcando las pautas. Diciéndonos como debemos vestir, pensar, creer, relacionarnos. Esa terrible burguesía, ese mundo de absolutos, donde todo el mundo tiene Instagram y le echa fotos a su café y se corta el pelo como está de moda y lleva los zapatos, la ropa y las ideas que le dicen que lleve.
Que aburrimiento. Que terrible aburrimiento.

domingo, 5 de marzo de 2017

Viento de sal


Frío viento de sal, que se te mete debajo del jersey y te tira del alma. Corriente de mar, olas que suben y bajan, banderas que flamean al viento. ¿Habrá alguien dentro de los barcos? ¿De los edificios? ¿Es el muelle el fantasma que parece?
Miro el Mar y el Mar me mira y de repente ya no estoy tan solo y todo tiene un cierto sentido. Encuentro armonia en las formas, simetria en las curvas. A lo lejos, ecos. Sirenas, luces, ciudad. Vida. El movil bip bip. Mensajes. Todo eso de repente parece estar muy lejos, de repente no importa.
Silencio. Estoy en comunión con el Mar. Y en comunión conmigo mismo, con algo muy profundo, muy enterrado, pero que me hace volver una y otra vez. Con algo que es duro, que no se rompe, y que cuando no puedes más ruge y te pone en pie. Viento de sal. Viento que te seca la cara, te pincha los ojos, te recuerda que estás vivo. Viento de vida.
Y queda fuera. Quedan fuera las vidas de pareja, los paseos de perro, las notas en la nevera. Quedan fuera las palabras sacadas de un poema, las noches sin dormir, los selfies al atardecer. Los reproches y los celos, el tonteo, las caricias con las manos y las caricias con el alma.
Todo. Todo queda fuera, en este momento en que vuelvo a sentirte, fuerte, poderoso, vivo. Y como una llama purificadora, siento que me limpias y me renuevas. Hasta el siguiente asalto. Hasta el siguiente choque. 

sábado, 4 de marzo de 2017

Maldita mariposa de coral


¿Cuanto hace? Ya años. Demasiados o demasiados pocos, según se miren. Y sigues ahí. Sigues clavada en mi mente. Sigo conduciendo por la ciudad y mirando por las ventanas, temiendo verte, deseando verte.
Aún recuerdo tu sonrisa. Tus dientes afilados. Tus uñas clavándose, tu forma de mirar, como te brillaban los ojos justo antes de hacer alguna trastada. Como cogías los argumentos más peregrinos y les dabas vueltas hasta convertirlos en algo interesante. Como mirabas todo con ojos tan profundos, tan sabios.
Es la maldición del tiempo. Todo te acaba sabiendo a poco. Y empiezas a mirar atrás y te das cuenta de cosas que se escaparon. ¿Por qué remover el pasado? ¿Por qué sacudirse la melancolia?
Hace una vida no me atreví a soñar con días de sofá y pijama, viendo pelis, riendonos. No me atreví a soñar con leer libros espalda contra espalda, aunque contemplamos atardeceres y condujimos a ciegas. Hicimos tantas cosas que parecían imposibles. Y para la despedida, fuimos a donde vinimos a nacer, tu como persona, yo como criatura, y me diste un último abrazo de verdad que me terminó de romper.
Ahora escucho llover por la ventana. Y miro las cicatrices que me dejaste, esos trozos de coral metidos debajo de la piel, y no sé si odiarte o agradecerte. Pero este perro que se fue caminando contra el horizonte, va a dedicarte una oración la próxima vez que vea el Mar.
Hasta siempre, mariposa. Buena suerte.

jueves, 2 de marzo de 2017

El comercio del fracaso


Hoy he visto algunas noticias mientras arreglaba otros trabajos. La noticia del día, al menso en Internacional, era un parlamentario polaco que ha dicho (y argumentado), que la mujer debe ganar menos por estar menos dotada y capacitada.
Un detalle que parece habersele escapado a mucha gente es que, a pesar de emplear un inglés macarronico, el parlamentario polaco se expresaba en dicho idioma. Opuesto a una parlamentaria española vestida con un saco, peinada hace una semana, que era incapaz de emplear el inglés así que se defendía en español. Con un argumento basico que decía "es ud un impresentable". Su capacidad retorica, a la altura de la puesta en escena.
El caso es que, pensaba en eso y se me vino a la cabeza Mel.  Mel es una compi mía que montó una empresa hace un par de años. Mel corre más que yo, trabaja más que yo y no sé cuanto gana, pero desde luego no se merece ganar menos. Y en la vida la he escuchado quejarse de cuotas, de discriminación o de falta de oportunidades. Imagino que habrá tenido momentos dificiles, porque aunque a algunos nos gustaría pensar que no, la discriminación es real y está ahí fuera. También hay discriminación por ser andaluz, o moreno, o bajito, o cualquier otro motivo, pero está claro que la discriminación en razón de sexo es tremendamente injusta, y no pretenderé banalizarla hablando de otros temas.
Aún así, quiero subrayar que me acordé de Mel porque, a la pregunta del otro día que vi en la Sexta de "qué es para ti el feminismo", yo contestaría que el feminismo es una lucha, en primer lugar con uno mismo, y en segundo lugar contra el mundo. Es el concepto de Yihad bien entendido de los musulmanes, la yihad grande y la yihad pequeña. La grande, la que hace gente como Mel, consiste en mejorar. En ser más inteligente, estar más preparado, ser más rápido, más fuerte, más duro. De forma que, cuando alguien diga "las mujeres están menos preparadas", ella pueda toser suavemente, "cof cof", y poner a los cavernicolas en su lugar.
Por contra, existe una cultura de exhaltación de la mediocridad. De igualarnos a todos por abajo, como dijera Perez-Reverte. Y a pesar de que el polaco muestra una actitud decimononica, reconozco que me cuesta mucho empatizar con esa mujer, cuyo principal mérito en la vida es haber medrado dentro de una estructura de partido en base a cuotas, puñaladas traperas y servilismo, que me está diciendo que yo soy inferior porque... porque lo soy. Porque existen asociaciones de la mujer, porque existen catedras de genero, porque existe todo una infraestructura construida en torno a subrayar una diferencia y en comerciar con ese fracaso a la hora de construir una sociedad donde nos respetemos. Donde no haya "condena contra la violencia de genero" sino "condena contra la violencia". Y donde, a la hora de establecer referencias de cara al feminismo, haya más gente como Mel y menos como Bibiana Aido. Porque yo quiero modelos que me exhalten, que me hagan sentir orgulloso, que me inspiren. Estoy aburrido de vivir en el miedo y la mediocridad, entre cavernicolas y funcionarios. Estoy aburrido de que me hagan comprar complejos y fracasos, negandome el merito de mis éxitos y atribuyendolos a una conspiración global. Y ese resentimiento, que en mi caso no pasa de encogimiento de hombros, en otra gente provoca reacciones muy negativas e injustas. Así no. Así no vamos bien.