Facebook, ese maldito chivato, me puso por delante el otro día una foto de hace cinco años. Salgo de lado, apenas medio yo, cegado por la luz y sonriendo. Esa foto la tomó Mar, en la Alameda en Cádiz, la última vez que nos vimos antes de que la sangre se envenenara entre nosotros.
El Ale de esa foto, que sonreía a la camara mientras abrazaba la cintura de Mar, ya no existe. Con la pausa de Carol, ya no abrazo cinturas. Tampoco sonrío al futuro, esperando cosas mejores y me pongo gorra para no deslumbrarme por la luz. Me he vuelto una criatura crepuscular, sabia y sosegada. Cansado. Tan cansado.
Tampoco existe la Mar que sale en una de aquellas fotos, guiñando un ojo y sacando la lengua. Nunca fue más que una niña, pero ahora es una niña rota que envenena a quienes la tocan. Demasiado bonita para ser buena, demasiado oscura y dolorosa incluso para si misma.
Hoy pasó lo que tanto temía. Aparqué al lado de su instituto y me la crucé. La reconocí enseguida de espaldas; hay personas que reconoceriamos incluso dentro de un saco. Yo llevaba gorra. Pasé a su lado y ella me vio, sin conocerme o haciendo como que no me conocía. Yo volví la cara.
Como si hubiera visto a alguien a quién hace mucho conocí mejor que a mi mismo. Y a quién quise. A quien quise muchisimo, cuando todavía sabía querer.
No hay comentarios:
Publicar un comentario