domingo, 26 de marzo de 2017
Hora de deportes
Vivimos en una sociedad competitiva. Es un hecho. Intentar apartarse de eso es no querer ver la realidad. Todos nos medimos con nuestro entorno. Y para un chico, desde casi que nace, eso significa deporte. Correr. Pelear. Jugar al fútbol. Escalar. Lo que sea. Desde muy pequeño crecemos aprendiendo nombres, estadisticas, desafios. Repitiendo jugadas que hemos visto o intentando hacerlas. Crecemos desafiandonos y, animales jerarquicos que somos, construyendo rankings.
Yo he sido un extranjero toda mi vida. Nunca le he cogido el rollo a eso del deporte. De pequeño tuve asma muy fuerte y eso me apartó de algo que para todos los demás era normal. Quizás por eso nunca le llegué a coger el gusto. Me aficiono al deporte como un anexo a algo; al espíritu de equipo, a una identidad colectiva, a una heroicidad. No me gusta el deporte como deporte.
Cuando entré en la Marina me encontré con que el deporte era obligatorio. Ya no había como elegir. Era sí o sí. Y como en mi familia somos gente profesional, me lo tomé en serio. Me hizo falta un esfuerzo extra para ponerme al día y, como sabrán los que me leen por aquí, no me fue facil.
El otro día, un compañero comentaba "no veas si corre el rubio". Y yo me sentí super extraño. Porque de repente, tras toda una vida al final de la cola, ahora estoy delante. Y no me siento comodo.
Os voy a contar una anecdota. Hace muchos muchos años, cuando tenía unos once o doce y casi no tenía amigos, un compañero me propuso ir a jugar al fútbol con él por las tardes. A veces ibamos solos y otras venía un amigo. Tenía que ponerse uno de portero, la posición menos glamourosa del mundo (hasta que Casillas se lió con Sara Carbonero, pero esa es otra historia). Y como nadie quería, yo me puse. Como jugabamos muchas horas a la semana, llegó un momento que de tanto insistir se me empezó a dar bien. Y un día en el colegio, cuando nos obligaban a jugar a toda la clase, mis compañeros se asombraron de que no se me diera mal.
Quizás será por eso, siempre me siento atraido por lo que no quiere nadie. Los destinos menos atractivos, la gente que está fuera del foco. Me gustan las cosas distintas. Y quizás, ahora, pienso que el hecho de que reivindicarme deportivamente como portero (asumir que mi cuerpo servía para algo más que para llevarme de un lado a otro), haya condicionado ese aspecto de mi personalidad.
Pero ¿quién sabe? Estamos hechos de tantas cosas distintas que es imposible señalar un momento y decir "ahí, nos salimos de la carretera. Ahí. "
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