miércoles, 29 de marzo de 2017

Filasticas de vida


Recuerdo que, hace muchos muchos años, cuando era un joven estudiante de marinero y tenía que aprenderme dieciocho mil nombres que luego no se usaban para nada, me encontré con un gráfico que me inquietaba. Explicaba como (alguna vez os lo habréis preguntado, seguro) se hacían las diferentes "cuerdas" que en un barco os podíais encontrar. Y era tan simple que parecía mentira. Cogías entre tres y cinco "hilos", los trenzabas.Cada hilo te daba una trenza.
 Hacías lo mismo varias veces. Cogías esos trenzas, volvías a trenzarlos entre ellos y tenías otra trenza. Y así sucesivamente. Era un gráfico que empezaba a la izquierda con pequeños hilitos, apenas gusanos, y terminaba a la derecha con un tipo de cuerda llamada "coco". Para los que sepais de lo que hablo, un "coco" necesitas dos manos para levantarlo, El hecho de que algo tan grande se construyera de algo tan pequeño era una cosa que me fascinaba, como contemplar los cromosomas que componen un cuerpo humano en una gráfica.

Y ahora venía para aquí, pensando que la vida es un poco así. Cogemos tres o cinco hilos (nuestros padres, nuestra familia, nuestra posición...) y con eso empezamos a trenzar. Con esos hilos formaremos una filástica, que será nuestro pequeño yo. A ese pequeño yo iremos añadiendo experiencias, sentimientos, opiniones... decisiones. Y lo volveremos a trenzar, para hacer un cordón. Al igual que con los cabos, cuantos más cordones entrelacemos más resistente será el producto final. Pero si en algún momento nos pasa algo, siempre podemos volver a abrir el cabo y ver los cordones de los que está compuesto. Claro que si queremos ver más allá, tendremos que abrir más. Sacar un cordón y ver las filasticas de las que están compuestas. Y determinadas cosas no podremos verlas nunca, porque haría falta romper el cabo para ver de qué está hecho.

Así es la vida. Vamos acumulando experiencias, relaciones, prejuicios, creencias... Todo a base de decisiones. Y en un momento dado de nuestra vida, miramos atras y vemos todo lo recorrido. ¡Que difícil se hace entonces cambiar algunas cosas! El cabo ya ha avanzado metros y metros. Quizás incluso estemos sosteniendo algo, algo que dependa de la elasticidad, firmeza y resistencia del mismo. Si el cabo se corta, muchísimo de eso se perderá. Y sin darnos cuenta, establecemos dobles relaciones de dependencia. El cabo sostiene lo que sea, pero sin sostenerlo el cabo carece de sentido.

A veces hay que pararse y pensar. Preguntarnos. ¿Esta es la dirección que queremos llevar? ¿O quizás hemos cogido el camino más comodo, el de menor resistencia? Eso no hará un cabo firme. A veces dejamos entrar en nuestros hilos, en nuestra trenza, a gente que no aporta gran cosa, a trabajos que no nos hacen felices, a responsabilidades que realmente no queremos. O al revés, rechazamos cosas que sí queremos por miedo. Tanto lo que decidimos como lo que no (que también es una decisión), se entrelaza para darnos la forma que tenemos.

A veces, me gustaría volver atrás y ver con qué me hice. No para cambiar nada, sino simplemente para intentar entender porqué hago algunas cosas que hago, y porqué dejo de hacer otras. A veces, me gustaría entenderme tan bien como parezco entender a los demás.

P.D: A veces, es necesario dejar morir aquello que ya está muerto. Aunque nos guste. Aunque nos duela renunciar a ello. 

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