sábado, 13 de octubre de 2018

Cuando se te acaba la gasolina



Durante muchísimos años he sido una figura de referencia. He sido aquel al que se acudía cuando no se sabía que hacer. He sido el hermano, el padre, el colega. He sido el ídolo. Y siempre he renegado de ese rol porque yo no quiero ser un líder. Yo soy un compañero, otro más agarrado al remo y tirando.
Me he venido abajo. Y la gente no para de señalarme con el dedo y decirme "¿ves todo lo que has conseguido? Lo vas a perder". Y no se dan cuenta de que, todo eso, lo he conseguido solo. Con mi esfuerzo. Nadie me ha regalado nada. Y todo eso vale tanto como vale mi esfuerzo, mi voluntad para conseguirlo y defenderlo. Vale tanto como mi sacrificio.
Y ahora me pregunto. ¿Cuánto he sacrificado? ¿Cuándo acaba el sacrificio? ¿Cuándo puede uno plantearse "ya basta"? Imagino que es legítimo para todo el mundo elegir bajarse. No puedo más. Necesito unos días. Necesito un descanso.
Pero no para mí. Ya ha empezado. El señalarte con el dedo, juzgarte, acusarte. Todo el mundo sabe más que tu. Todo el mundo opina. Algunos lo hacen con la mejor intención y otros por maldad. O por envidia.
Hoy recuerdo algo que me dijo d. Adolfo el otro día y que me encantó. Cada uno da lo que tiene. Yo siempre he dicho que no se puede pedir a nadie algo que no es capaz de dar. Mi jefe, que es una bellísima persona, no lo entiende. Porque no puede entenderlo.
Me dicen que madure. Y no ven que, precisamente, es lo que estoy haciendo. Madurar es entender que todos somos distintos y perdonar y aprender. Yo hablo cinco idiomas. Pero no le digo a alguien que es incapaz de hablar dos "cualquiera puede. No te estás esforzando lo suficiente". Porque además de injusto es cruel.
Pero la crueldad tiene su lugar. Funciona. Sirve para algunas cosas. Me estoy endureciendo. Y va a ser para bien. Siempre es para bien, demonios. Aunque sea para reconocer quienes son mis amigos y quienes no y quien soy yo.

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