miércoles, 10 de octubre de 2018
¿Y cuando se te acabe el amor, que harás?
Hoy recordaba una conversación de hace años. Eva, una amiga mía y compañera, me decía asombrada "Ale, tu amas el trabajo. No es que te guste, es que lo amas. Como el que ama a una pareja". Yo me quedé pensando, porque la verdad que era una idea que en otras ocasiones se me había asomado por la cabeza, y asentí. Era cierto. Nunca lo había dicho, pero lo era.
Entonces ella hizo, como solía y suele, una pregunta inteligente. "¿Y cuando se acabe el amor, que harás?".
Yo lo pensé un rato y me encogí de hombros. Irme, supongo. No tiene sentido funcionar en el grado de intensidad, pasión y compromiso en el que yo lo hago sin amor. Sin amor... es ridículo, absurdo, hipócrita. Es un insulto a aquellos que realmente creen.
No sé en que momento se acabó el amor. No sé si fue después de lo de mi hermano, que no supieron cubrir. No sé si precisamente lo de mi hermano dejó un montón de preguntas que no pude responder con "trabajo". Quizás dejó de ser suficiente. Y poco a poco me fui alejando. Me fui alejando en los viejos gruñones que no creían en esto, pero aún así mandaban. En los jefes que no cuidaban ni ayudaban a los suyos. En la gente a la que le daba igual, pero te pasaba por delante. En tan poco amor, tan poca gratitud. En tanta frialdad, que acabó pegándoseme a la piel y manchándome.
Cuando uno está en un sitio pequeñito, el mundo es pequeñito y tu amor sufre escasos ataques. Pero cuando sales al Gran Mundo, tienes que llevar una armadura porque hasta la lluvia te va a raspar la piel.
Este año han pasado demasiadas cosas. Ha habido demasiados cambios. Empecé el año solo en casa, yéndome a dormir prontito y corriendo temprano al día siguiente. Cuando Ronald volvió, comentamos que solo atraíamos basura humana. Él dijo que eso era demasiado pero yo le asentí. Lo era. Aún así, era una vida no demasiado mala. Luego cambió mucho. Y cambió para mejor, con una serie de cambios locos y descabellados que me pusieron la cabeza a dar vueltas.
Y de repente, se paró. Y ahora estoy en un espacio sin tiempo, en un tiempo sin espacio. Estoy en medio de la nada y tengo tiempo para pensar, demasiado. Para darme cuenta de que, igual que empezó, puede acabar. ¿Pero no es así con todo? Que hay algo planeado, pero los planes pueden cambiar. No están escritos en piedra. Dependen de la voluntad que tengan las personas de cumplirlos. Y que, aunque existan contratos, compromisos y obligaciones, todos ellos contienen clausulas que permiten romperlas ante motivos de fuerza mayor.
Yo no puedo seguir en este camino. Si lo hiciera, estaría mintiéndome a mí mismo y a toda esa gente a la que mando un correo el doce de noviembre, celebrando mi aniversario. Aún así, no consiste en inmolarse. Cuando se acaba el amor, uno no construye una pira y quema toda su vida. Uno encuentra medios de entenderse y de separarse, de forma que duela lo menos posible.
¿Puede ser que un amor haya sustituido a otro? No lo creo. Hubo historias locas antes. Hubo historias muy locas. Y este amor, tan importante para mí, es tan temporal como todo en la vida. Incluso algo más, porque no depende de una persona sola sino de dos. No. Al contrario de lo que mi madre pueda pensar, no me arruino la vida por una mujer. Me arruino la vida por años de soledad, tristeza, dolor... por la traición a unos ideales y a unos sentimientos. Por la violación de un compromiso que, d. Antonio resumió en "mientras tu des todo, nosotros cuidaremos de ti".
No han cuidado de mi. O quizás yo no les he dejado que lo hagan o no hemos sabido hacerlo.
Y por eso estoy como estoy.
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