domingo, 22 de diciembre de 2013

Buenos días


Hace mucho que no duermo bien. Tanto, que he perdido la costumbre de hacerlo. Cuando estoy cansado me acuesto y cuando mi cuerpo está lo suficientemente recuperado arranco. El sol me mueve. Tengo al demonio comiendome por dentro y no sé ni lo que es. O prefiero no saberlo y seguir adelante. Moviendome, jugando, aprendiendo, leyendo, olvidando. Lo que sea menos mirarme los pies y no reconocerlos, menos pasar una mano sobre la cara y desconocer el tacto, menos mirar profundo a los ojos del espejo.
Esta mañana me he despertado de un sueño muy profundo. Había un niño en mis brazos. Un niño que se reía y saltaba. Yo lo miraba muy de cerca y me perdía en sus ojos, ojos opacos como los míos que solo reflejaban, que no traspasaban. La risa de ese niño era la risa del mundo. Me quería beber esa risa y notaba su peso, sabía que pesaba pero no lo sentía. En ese momento estaba conmigo y el pecho le subia y bajaba respirando y yo apoyaba la mano en él y sentía su corazón, acelerado de felicidad.
No recuerdo mucho más. El sol me arrancó del sueño.Me desperecé entre sombras y me agarré a las ultimas hebras del recuerdo. Más tarde, tumbado en la cama, soñé que estaba a mi lado, pero era un sueño inducido. En la noche no lo fue. En la noche estuvo conmigo, lo sé. Y en lugar de sentirme triste o melancolico me sentí bendecido, afortunado. Podría haberme pasado la vida en el sueño pero no habría sido honesto. No habría reconocido que hubo momentos tristes, momentos duros, momentos en que no nos quisimos lo que debieramos. Hubo peleas y reconciliaciones, hubo monotonia y el hastio de la compañia forzada. Pero esta mañana, desde donde quiera que estés, me mandaste un abrazo y me recordaste porqué me querías y porqué te quería. Y es el mejor regalo de navidad que puedo pedirle a nadie. Gracías.

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