sábado, 28 de diciembre de 2013

Los besos que te debo...


Hoy charlando con una colega surgió el tema de los deseos y las buenas intenciones. Hace muchos años, cuando aún era joven e impresionable, le dije a un amigo que me daba más vergüenza no haber ido nunca a un concierto que no haber besado a una chica. Han pasado los años, han pasado los conciertos y debo muchos besos.
Pero los besos son una mercancia extraña. Caducan. A veces se produce un cambio, como el cambio de moneda, y algo que valia mucho en determinado entorno y circunstancia ya no vale nada. Además, cuando se echan a perder dejan un regusto amargo, extraño. No entiendo a la gente que comercia con besos.
Tampoco entiendo muchas cosas. No entiendo a la gente que se esconde detrás de un nombre, o que los usa como carceles en las que encerrar sentimientos o ideas. Amigo. Novio. Extranjero. Compañero. Como si el uso de una palabra magica, como fetiche, les dotara de un contenido especial que alterara la forma del mundo. Las cosas son lo que son, y la magia de los nombres solo nos permite delimitarlas temporalmente. La realidad, tarde o temprano, empuja las paredes y se cuela por los huecos.
Hace frío. El frío se me ha metido dentro y es un frío del espíritu. Es el frío de aquel que ya no recuerda lo que es el sol y que piensa que el verano nunca llegará. A veces destella, una foto, una sonrisa, un abrazo, y parece que rompera el hielo que me encierra. Pero es mentira. Estoy envuelto en una cama de hielo y aquí dentro los besos que te debo van coagulando y presionando contra mi piel, formando pustulas y capas que me deforman. Aquellos que me quieren bien me miran y no me reconocen.
La noche pasa. Y en algún momento saldrá el sol. Yo me pregunto... ¿donde estás? ¿Existes?

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