martes, 17 de diciembre de 2013
No hay como sentirse culpable
Hoy he tenido una especie de revelación. Ha sido raro. La vuelta a la realidad siempre es dura y, aunque sea a sorbitos, se te cuela por debajo de la armadura. En esas estaba, cuando me vi en un plan que no me convencía pero debía. Algo que siempre me suele resultar duro. Entonces comenté con una amiga que tiendo a hacer daño a la gente que tengo más próxima, algo que me recuerda a esa realidad que ella comenta de si misma, como que es una muchacha de dificil trato. Algo totalmente contrario a lo que vivimos nosotros día a día, porque es una compañera de curro.
El caso es que bueno, ese también es mi caso. Yo soy bastante accesible, comedido, correcto, serio... porque no tengo más remedio. Si me sueltan la correa soy un loco difuso, caprichoso, disperso. O quizás un punto intermedio. No lo sé. Pero sé que a veces hago daño y eso me hace sentir culpable.
Bueno, ella me dijo que todos somos así. Que hacemos daño a aquellos que tenemos más próximos, a nuestros amigos, a nuestras parejas, a nuestras familias, porque es con quienes nos sentimos comodos. Ahí no actuamos. Eso me vino de maravilla. Eliminó la sensación de extrañeza y alienación, esa constante en mi vida de "soy demasiado raro y nadie me va a entender", que es una de las cuñas que me clavo a mi mismo de vez en cuando.
Curiosamente, más tarde estuve con un compañero y su novia paseando y charlando. Fuimos a una asociación de colegas suyos y hablamos con gente allí. A través de una conversación superficial y banal, me di cuenta de que una chavala me miraba como atractivo. Me resultó extraño. No estaba actuando, no estaba jugando. Simplemente estaba siendo educado. Lo que me hace preguntarme, ¿está tan mal el mundo que la educación resulta encantadora? ¿O quizás siempre lo fue? Depende del entorno y del carácter claro... pero sobre todo, la conclusión que saco es que hay un momento para la esgrima verbal y un momento para sentarse con un café. Más allá de eso, tanto en la esgrima verbal como en el café hace falta seguridad en uno mismo, sentirse comodo y relajado y no dejar que la prisa te pueda. Controlar el ritmo. Y sobre todo, evitar clavarse cuñas ni aislarse de la manada sin motivo. Si no estás comodo te vas, o lo comentas, pero no tiene porqué ser culpa tuya ni de nadie. El concepto de culpa es un poco absurdo así pues... ¿por qué perseguirlo? Simplemente sé.
P.D: Hoy confesé que tengo miedo a las vacaciones. Por si lo paso mal y no merecen la pena, con todas las ilusiones que tengo puestas, o por si lo paso bien, y luego la vuelta a la rutina se me hace insoportablemente dolorosa. No se puede vivir con miedo. Y confesarlo me hace bien, sobre todo porque queda como un secreto compartido y establece una de esas piezas que dan forma a una amistad: las confidencias. Aún así, me sorprende la naturalidad con la que surge.
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