jueves, 26 de diciembre de 2013

Que pronto nos curamos...


Estoy un tanto sorprendido. En menos de cinco días ha desaparecido la presión de semanas y meses de inactividad, de soledad, de inutilidad. El hielo se te cae de las extremidades y vuelves a correr y a volar como siempre. Vuelves a reirte por tonterías, vuelves a jugar y te das cuenta de que, bajo la piel endurecida por el trato con la naturaleza, sigue estando el niño que no se va. Bien. Es bueno comprobarlo.
¿Y ahora qué? Pues ni idea. No esperaba que el sol saliera tan pronto y no tengo juguetes a mano. Tampoco tengo planes. Estos días he visto más peliculas que en medio año. Me sorprendió Transformers, pero es tan infantil como me temí. Curiosamente, "Como entrenar a tu dragón" no me pareció para nada infantil. Y me dejó con esa pregunta latente de "¿donde están las Astrid que conozco?".
Bueno, es una pregunta retorica, claro. No hay tiempo para lamentar... ¿no hay tiempo? Al carecer de objetivo, los días pasan. Pasan más rápido cuando uno está de vacaciones y disfrutandolo, pero siguen pasando. ¿Sabéis? En inglés una fecha tope se dice "deadline" o algo así me parece recordar. Porque es así, es como si algo se muriera si no lo consigues antes. Yo no sé que pasará después de mi deadline, pero por Dios que quiero dejar de vagar en vano y apuntar a algun sitio, querer algo y conseguirlo, o no, y sentirme extatico o furioso o triste. Quiero sentir algo. Más que un chispazo de lo que pudo haber sido y no fue o de lo que me gustaría que fuera, algo que agarre y tire y rasgue y rompa y renueve. Claro que luego lamentaré pero... ¿no se vive para eso? ¿para equivocarse y arreglarlo?
Vuelvo a la calle, a que el sol me de en la cara. Que rico...

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