jueves, 29 de junio de 2017

Ser español es una responsabilidad (I)


Los que leéis esto sabréis que soy muy aficionado al baloncesto. Cuando tenía apenas nueve o diez años, el padre de mi hermano me enganchó a este deporte. Él había sido jugador y eran buenos tiempos para ser aficionado al baloncesto. Yo puedo presumir de que viví en directo el triple de Corny Thompson que dió la Copa de Europa al Joventut y que ví jugar por la tele a Sabonis, a los Jofresa, a Villacampa. A veces me quedaba hasta las tantas de la madrugada para ver un partido de la NBA, de aquellos New York Knicks de Patrick Ewing y John Stark. Siempre he sido un underdog y me hice aficionado del Estudiantes, aunque reconozco que soy un aficionado desleal, que va y viene.
Lo que quiero decir con todo esto, es que yo soy aficionado al baloncesto de toda la vida. Y como tal, seguí los bronces y caidas en cuartos de la selección española con De Miguel, con Angulo, con Roberto Dueñas. Yo estaba ahí cuando los junior de oro le ganaron a EEUU y se empezó a hablar de que teniamos un equipazo. Siempre mantuve la ilusión pero, como aficionado a sufrir, no me lo quise creer mucho.
Entonces llegó Pepu. Nadie que sea aficionado al Estudiantes puede ignorar quién es Pepu Hernandez. Aquellos cinco partidos de la final contra el Barcelona de Aito son historia. Son historia y de la buena, de la epica, de la hombrada, de David echandole el pulso a Goliat hasta que al final pierde. Entonces Pepu dijo que se iba y, como caballeros, aceptamos su despedida.
Y apareció en la selección. Esa fue una jugada rara. ¿No dijo que se retiraba por un tiempo? Sonó un poco a jugada sucia. Bueno. Ahí aumentó la ilusión. Si Pepu había hecho eso con el Estu... ¿qué no podría hacer con la selección española?
Y llegamos al Mundial de Japón. Año 2006. España tenía un grupo asequible, aunque estaba Alemania, Nueva Zelanda...
Cuando la pelota empezó a rodar fue increíble. Cada partido era más brutal que el anterior. El guión era el siguiente: España empezaba y barría. Al final del primer cuarto arrasaba. Al llegar al descanso su rival estaba casi destruido. En el tercer cuarto se venía abajo y el otro equipo cogía aire... y en el cuarto se sacudía la modorra y los acababa de destruir. Era increíble. Todo salía bien, las defensas, el juego en equipo, el ataque, el rebote... uno veía los partidos con miedo. ¿Cuando se acabará esto? No podía ser. Llegaron octavos y tocó Serbia. Serbia era (y es) un coco. Igual. En cuartos Lituania. Otro coco. Otra paliza. España no solo ganaba, España arrasaba.
En semifinales tocó Argentina. Y ese fue el único partido del campeonato en el cual sufrimos. Sufrimos muchisimo, porque nos habiamos acostumbrado a lo bueno y era demasiado bonito para que se acabara. Y... no se acabó. Por el otro lado, Grecia ganó a EEUU y jugaría la final contra nosotros.
Malas noticias. Pau Gasol, la estrella, se había lesionado. No podría jugar la final. ¿Como lo hariamos? Aún así, solo llegar a la final ya era increíble. ¡Y como habiamos jugado! El partido contra Argentina fue EPICO. De esos que se te quedan en la cabeza para toda la vida.
- Continuará -

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