miércoles, 31 de diciembre de 2014
Descompresión emocional
Y se produce un instante, un momento, un gesto. Mi cuerpo abraza al suyo, mis brazos rodean su cintura, mi cabeza haya su sitio en el hueco de su cuello, me embriago de su olor. Noto la presión, no demasiado fuerte ni demasiado floja, una presión deliciosa y hermosa, suave. Sabe a hogar. Y de repente el tiempo se para, todo da igual. Y te das cuenta de que has estado reteniendo el aliento, mirando sin ver, escuchando sin oir. Tanta información pasando ante ti, a traves de ti, sobre ti... y se te escapa y está ahí.
Y lo sientes en tu interior. Una flor que se abre en tu pecho, una burbuja de sangre que sube a tu cerebro y forma un coagulo. El estomago se te encoge, como si estuvieras tomando una curva a toda velocidad. Y de repente la fuerza centrifuga se hace fuerte dentro de ti y giras en espiral, confundiendo cariño y deseo, deseo y cariño, y sabes que el pitbull que cerró la mandibula no la abrirá hasta que esté muerto.
Mierda. No quieres esto. Quema y hiela, es blando y es duro, pero es real. Más real que el aire que respiras, más real que el sol que te calienta la cara y te hace entornar los ojos. Sabes que este instante, este momento, acabará cuando vuestros cuerpos se separen y solo te quedarán los sueños, esos sueños en que tu mente se estira hasta el infinito y tu cuerpo es de goma y la narrativa es una espiral constante, un lugar donde todo está claro, no hay dudas, miedo, frio, soledad, aunque si te fijas (pero mejor no hacerlo) por el rabillo del ojo lo ves aparecer, como las manchas en la parte de abajo de la cortina que preferirías que no existieran. Así que alargas el momento, dejas que el sonido te embriague y la flor de fuego que se abre en tu pecho, esa sensación de que la vida podría ser maravillosa, de que todas las canciones y todas las peliculas y todos los libros y todo tiene sentido, sí, vamos, está ahí justo al alcance de tus dedos. Y os separáis, y es como si fueras un bebé al que apartan del pecho. Quieres llorar y, en esa explosión de emociones, sabes que lo que has sentido es real. Que la nostalgia es buena, porque viene de haber querido, y que quien no muere nunca ha vivido. Así que sonríes, metes las manos en los bolsillos y te encoges de hombros, dando las gracias por todo lo bueno. Y vuelves a meter la botella en el compresor de aire.
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