miércoles, 22 de enero de 2014
A proposito de la disciplina y de poner la otra mejilla
Es un loable sentimiento cristiano el enunciado por Jesucristo en la Biblia, el de que si te ofenden pongas la otra mejilla. Gandhi ofrece una versión actualizada del mito, diciendo que debes combatir la agresividad con calma. Eso es cierto. Y funciona, vaya si funciona. Hace falta una cabeza fría para tomar decisiones calientes.
Pero también es cierto que, manteniendo la cabeza fría y sin ser nada agresivo, uno debe hacerse respetar. Que está muy bien querer a todo el mundo y poner de tu parte, pero que existe un momento en el que se debe decir basta.
La disciplina consiste en aceptar lo que no te gusta sin mover una ceja. Resulta impresionante vista desde fuera y con razón, porque es un sacrificio del individuo en función de la colectividad. Al igual que el cristianismo, parte de la base de que existe un bien superior a lo que "yo" quiero ahora. En ocasiones, disciplina consiste en poner la otra mejilla. Consiste en saber que algo está mal y soportarlo, llevarlo a cabo y defenderlo como propio.
La disciplina tiene sus normas. Existen libros y codigos que especifican que es falta de disciplina y que es una actitud loable. Pero todo codigo son palabras, y más allá de las palabras está el espíritu. El espirítu de la disciplina es que debe servir al bien del colectivo. Un exceso de "poner la otra mejilla" nos vuelve sumisos. Necesitamos agresividad para dar ese puntito más, para ser lo que somos. Y sobre todo para respetarnos a nosotros mismos.
Así pues, volviendo a la pregunta de ayer, la disciplina es buena cuando te enseña a guardar las garras. Pero no es buena en el momento en que te las quita.
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