lunes, 20 de enero de 2014
Coleccionando fracasos
Hace un rato estaba tirado en el sofá, releyendo "Generación X" y disfrutando de la suave y dulce narrativa de Douglas Coupland, cuando me he encontrado de cara con mi carnet de la escuela de idiomas de Ferrol. No deja de ser curioso como no doy una. El año pasado me matriculé en esa escuela para renovar mis conocimientos de alemán, obtener una certificación y, sobre todo, conocer gente.
No era mala idea. Compartir aficiones es una forma muy facil de conocer gente, y el idioma alemán es una parte importante de mi personalidad. Además, al ser un idioma minoritario (antes de que la crisis nos obligara a todos a amar Alemania, allí no iba nadie que no estudiara turismo o diera el perfil de friki del idioma. Bueno, también iban ingenieros. Pero creo que esos entran en la segunda categoria ) la mayoria de gente que se encontrara allí iba realmente porque quería. Al principio no fue mal. Hice la prueba de nivel y me clasificaron en el cuarto curso. El grupo era bueno y la gente controlaba, yo me tuve que poner las pilas. Ya bastante cargado iba de tareas y esfuerzos en la escuela como para sumar algo más, pero le puse voluntad porque, en principio, me iba a ayudar a desconectar.
No funcionó, claro. En cuanto a lo de conocer gente, pues Ferrol no es una ciudad amigable. Me costó descubrirlo. Cuando el estrés, el cansancio, el frío y la desmotivación empezó a hacer presa en mi decidí dejarlo. La profesora me animó a seguir. Yo estaba predispuesto y aprendía pero, sobre todo, participaba mucho en la clase. La principal barrera de la gente para afrontar un nuevo idioma es la timidez, y ese no es precisamente un problema que me aflija a mi. Además, me encanta el sonido del alemán y, como apuntó Sabino, me encanta interpretar. Cuando hablas otro idioma diseñas un poco tu nueva personalidad. Es como si el idioma, al ser tan extraño a tu experiencia diaria, supusiera un filtro entre tu "yo profundo" y lo que estás mostrando, permitiendote siempre la excusa de "uy, yo no quería decir eso".
Aún así no hubo como. En enero pedí la baja y no volví. No lo lamento. Pero al encontrarme hoy la tarjeta, me ha venido una sonrisa medio triste a la cara. El grupo con el que quedar a jugar a muñequitos. El curso de alemán. De esgrima me quedo con Román y con Migue, y un poco por detrás con Dani y con Efren. Eso es lo que he sacado de casi dos años viviendo en Ferrol. Soledad y frio.
Demonios. Parezco Sabina. No lo lamento ni me da pena. Así he aprendido que se está bien solo, que pintar muñequitos tiene su aquel y que puedo vivir a impulsos, aunque a veces me deprima y me cueste la vida. Pero esa maldita tarjeta, escondida debajo de mi novela favorita, me ha guiñado un ojo traidora. Es curioso como aún mantengo amistad con gente que conocí en la escuela de idiomas en Cádiz, hace quince años, y en cambio aquí no puedo conocer a nadie. Pero Dios no quiere que yo tenga nada que me ate aquí, y yo no puedo sino agradecerle el detalle. Aunque, como siempre, tengo que aprender mediante mis errores. Y así, coleccionando fracasos, voy llenando mi mochila de recuerdos que tirar en el primer acantilado que encuentre, para no mirar atrás.
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