lunes, 6 de enero de 2014

Visita a Sofia IV


El día 1 del año debería ser bautizado como el día 0, porque no existe. Te levantas a media tarde, con suerte, te arrastras buscando algo de comer mientras tu estomago se rebela contra la misma idea y todo a tu alrededor son caras de zombis. Yo, que había atravesado la barrera, no podía quedarme quieto. Saludé al día yendome a pasear, abrigado y encogido pero ya no hacía tanto frío. Como siempre, encontré cosas que no buscaba y me regalé los ojos y el alma. Paseé junto a San Nicolas, me perdí entre las estatuas de Alexander Nevski, compré tonterías, me eché fotos. Me hice una ruta de sitios que visitar al día siguiente, mi ultimo día en Sofia, y volví al hostal a tiempo de leer algo, comer algo y dormir. Volví a pasar por Happy's y comprobé que era cierto lo que me había dicho Rali, es un lugar más oscuro de lo que yo podía suponer. ¿Qué esperaba, con ese nombre?
El día 0 del año, como he dicho, pasó.

Y me di cuenta, tarde, de que el día 1 sobraba. Que debería haber vuelto a España con la marea del fin de año, en lugar de quedarme un día más. Porque Rali estaba reventada y no podía hacer nada, lo que yo quería ver en Sofia ya lo vi y solo me quedaba hacer girar la rueda para que no se enfriara. Y eso hice. Caminé buscando un museo que no encontré, recorrí calles oscuras, me compré mis regalos, volví al hostal. Pensaba montar guardia de media y levantarme a las tres para coger un taxi al aeropuerto, así que mejor acostarme pronto. Pero Rali vino a despedirse. Yo estaba en el sofá charlando con un chico brasileño y dos irlandesas demasiado jovenes para nada, filosofeando con Boris y fantaseando sobre si algun día yo montaría mi hostel y Rali vino. Enroló a su colega Petia y nos fuimos a cenar cosas raras vegetales. Fuimos de bares y cantamos tonterias, nos emborrachamos, deambulamos dando tumbos por las oscuras y frias calles de la oscura y fria Sofia. Rali apuntó que como demonios podía yo irme a Mordor, si la Montaña del Destino estaba allí, en Vitosha. Ciertamente, si no fuera por el hostel Sofia sería aun más mordor que Ferrol. Pero no tengo nada como el hostel aquí, ni en ningún lado del mundo, así que mi tierra de sombras, piedra y fuego es aquí.
Como iba diciendo, nos arrastramos hasta que Petia huyó y luego fuimos al hostel. Bebimos y compartimos, y un cigarro se convirtió en los dos encogidos en una despensa, apoyados hombro con hombro y contandonos historias. Rali es tan... dura. Tan fuerte. Y a la vez no deja de ser una niña y ella lo sabe. Y yo soy lo que soy. Pero la mayoria del tiempo no lo sé. Por eso necesito gente así, que me obligue a mirarme a los ojos, porque es lo menos que puedo hacer por ellos. Porque quiero que sean felices, y no puedo exigirles que lo sean si yo no lo soy.
Así que confesé. Confesé que tengo miedo, que soy un cobarde, que hay cosas que me impiden ser yo. Que me falta vida en muchas cosas y me sobra en otra, que no quiero equivocarme, que si realmente escuchara a mi corazón hay cosas que no haría. Y Rali me tomó de la mano mentalmente y me dijo que creyera. Que me esforzara. Que tuviera fe. Y en ese momento de fé compartida, de animo, supe que tenía a una persona realmente especial delante. A alguien de verdad. Y volví a sentirme muy afortunado de que, no solo la vida me hubiera regalado con la posibilidad de volver a escucharme a mi mismo, sino que me sentara junto a alguien a quién también merecía mucho la pena escuchar.

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