miércoles, 8 de enero de 2014

A proposito de una barba


Hoy ha sido el primer día de vuelta al cole del Corte Inglés. Como viene siendo tradición en este curso para mi, y en las escuelas militares en general para todo el mundo, el primer día del curso viene a decepcionar tus expectativas salvajemente. Lo curioso es que aún seguimos creandolas, a pesar de que ya van unas cuantas decepciones. Podemos achacarlo a la mala memoria del ser humano.
El caso es que yo he traido regalitos, porque mis vacaciones han sido geniales. Regalitos que son tonterias, como monedas de Bulgaria. Mi colega Carlos comentaba que, por lo visto, llevar dinero de otro pais en la cartera da suerte, así que ahí ha puesto el billete.
El día ha sido eterno. Luego he pasado dos horas de cola para entregar un paquete, dos horas en las que he contemplado toda la miseria humana posible -en general- y gallega -en particular- desfilar ante mis atonitos ojos, hasta el punto de que el flematico e impasible Ale -mirada asesina al que se atreva a contradecirme- comentaba cosas como "¡por el amor de Dios!" o "¿será posible?", atonito, esperando a que alguno de los sujetos pasivos de la oración se diera por aludido y me mirara, preguntandome que pasaba, y por tanto dandome pie a gritarle. T O N T O, con espacio intervocalico incluido por supuesto. Pero como no podía ser de otra manera, mis deseos se han visto frustrados una vez más y ha llegado mi turno en la cola, para encontrarme con que, tras una hora y media esperando, la ausencia del mando a distancia que nadie me dijo que debía llevar me impedia entregar el paquete. Todo esto, tras unas pausas racistas apropiadas por parte de la dependienta - perdoneme la vida por no ser gallego - y un ultrajado "¡sin el mando no lo puede entregar!", como si yo no hiciera otra cosa en la vida que dedicarme a llevar decodificadores de Erre a la tienda y hubiera caido en el obtuso error de no traer el mando a distancia, llave y contraseña del corazón de millones de españoles.

¿Sabéis qué? El karma paga. Ya lo decía James, hombre sabio. ¿Y que he hecho yo para recibir esto? Ah amigos. He renunciado a mi identidad. Doce horas de Escuela y ya vuelvo a preocuparme de responder a las expectativas, de hacer lo que debo, de estudiar para los examenes, de entrenar para las pruebas. ¿Por qué? Porque me he afeitado. Me he puesto un uniforme. Y he aceptado la onimoda autoridad, entregada a los hombres en formato de... bueno, no sé de qué. Creo que fue Bismarck el que dijo que la decencia no abundaba en Alemania, y bastaba con ponerle un uniforme a alguien para que esa poca decencia desapareciera. Tengo más cosas de alemán de las que pensaba, me temo.
Pero hay luz al final del tunel. Llueve y es bonito. Tomo un té y es bonito. ¿He usado la palabra bonito dos veces? Voy a salir a destripar unicornios para bañarme en su sangre. El caso es recordar quién y que soy. No basta con hacer un archivo de fotos y guardarlo en la carpeta "invierno 14" y ya está, hasta dentro de tres meses. Porque hay que vivir cada día y no puedo vivir cada día arrastrandome por la vida. Porque soy yo. Porque cuando alguien me pregunte "¿qué tal?" tengo que contestar algo REAL, no vale con decir lo que se espera de mi. La mascara me aprieta por los lados y por delante y me va a seguir apretando siempre, hasta que decida que ya está bien y empiece a mandar gente a tomar por el culo.
Y todo porque me he afeitado y así me lo paga la vida. El día que me case y tenga hijos, directamente me destruye.

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