lunes, 6 de enero de 2014
Visita a Sofia III
La "normalidad" se deslizaba entre las capas de apatia de mi vida y un momento sucedia a otro. Rali había venido al trabajo con una mochila con su traje de noche, medias y tacones. ¿Qué demonios estaba pasando en el mundo? Me preguntó si quería ir a casa de unos amigos suyos a celebrarlo o quedarme en el hostel. Yo no quería hacer nada, solo quería ser madera de balsa, dejada a la deriva y que todo se decidiera solo. Pero no me iban a dejar escaparme. Al final una cosa llevó a la otra y, una vez Sami se hizo cargo de la barra del bar y la noche empezó de verdad, me despedí de los colegas macedonios y me senté con la buena gente del hostel, las chicas de paso y mi Shumenska de medio litro. Apareció gente y aparecieron historias. Brasil, Australia, Alemania, Bulgaria... tantos paises tan enredados en mi vida, cada uno apropiadamente representado. Paul, un autentico caballero inglés, y yo, hablamos sobre politica, historia y acción civil. Me fui a la calle a buscar donde comprar algo de comida y terminé cocinando unas salchichas infames en el horno, antes de que el alcohol me hiciera nu agujero en el estomago que ya comenzaba a insinuarse. Seguimos. La conversación era una hidra con muchas caras y la gente entraba y salía, pero todos aportaban algo. Rali también aparecía y desaparecía, perseguida por una sombra que, si la miraba muy fijamente, me obligaría a dar un paso al frente y no quería. Estaba muy bien donde estaba.
La noche se hizo estrecha y Rali propuso ir a casa de sus amigos. Necesitaba aire. Nos tambaleamos por unas calles heladas y nos abrazamos. Estabamos demasiado borrachos y yo tenía una amiga, una hermana, por primera vez en ni sabía cuanto tiempo y ella había dejado de tener miedo de nada, aunque seguía teniendo demasiado rencor. Fuimos a casa de sus colegas y nos descalzamos, contamos cuentos sobre viajes por Europa, brindamos por el año nuevo tras contar y vimos los fuegos.
Más tarde me susurré a mi mismo lo siguiente, viendo a la gente a mi alrededor hablando en bulgaro y dando gracias por no entenderlo, de forma que la rutina y la monotonia de sus vidas no salpicara mi momento, siendo una isla en medio del oceano.
-Ese momento en el que las palabras dejan de ser musica y adquieren un sentido. ¿Por qué? Dejadme soñar. Dejadme mentir.
Pero no podía escaparme. Al contarle a la gente mi historia, mi historia cobraba sentido ante mi y me veía desde fuera. Partes de mi vida que había escondido debajo de la alfombra salían a la luz y mis miedos y mis anhelos aparecían desnudos. Pero allí, a 3000 kms de casa, rodeado de conocidos desconocidos, nada me daba miedo. Y podía afrontarlo y de repente lo estaba superando. Era yo. Superé aquella barrera de tanta gente, el limite de los topicos y los estereotipos. De repente todo pais, toda ciudad, era un nombre hasta que vas allí y lo pintas con colores, experiencias, gente. Caras, paisajes, sentimientos, vida. Tanta que me sobrepasaba, que me anulaba.
Entonces aparecieron Nikolai y Anastasia. Él, bulgaro, cuarenta años como mis treinta, tranquilo, reflexivo, elegante. Ella, moldava, veinte años como yo nunca los he tenido, apasionada, divertida, agresiva. Una pareja que no era una pareja pero si lo era, que me hablaban de religión, de familia, de viajes, de historia no como la que sale en los libros, sino como la que te empapa la piel y te llena de sal los huesos. Gente que vivía con mayusculas y que no tenía problema en compartirlo conmigo. Hablamos. Hablamos. Nikolai intentó invitarme a una cerveza hasta que al final lo consiguió, para mi gran vergüenza. Anastasia hablaba español, destrozando el idioma con un encanto imposible. Las horas pasaban y la barrera del fin de año había quedado atrás... ¿Y a quién le importaba? Podría pasarme toda la noche así. Podría pasarme todo 2014 así.
Pero el cuerpo tiene sus limites y, garreando el ancla, me arrastré hasta el dulce olvido de la cama cuando el sol asomaba más allá de las cortinas de la habitación. Y dejé que el olvido cayera sobre mi.
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