lunes, 23 de noviembre de 2015

Una herida abierta



Hace un momento he estado a punto de escribir "ya se han reido lo suficiente de mi". Ha sido al ir a teclearlo, asomandome a esas partes de mi mente que suelen estar latentes, que he visto la herida. Que fea. La herida que te deja la humillación, el desamor, la soledad. Una herida que aumentas voluntariamente, cortando un poquito más de carne para justificar tus lagrimas, en una espiral que no lleva a ningún lado. Estoy mal porque me hicieron daño y me hago daño para estar mal.
Ya basta. El dolor, la tristeza, tienen una potencia creativa obvia. Nos conecta con parte de nuestra vida que no queremos mirar y permite que de ahí salgan cosas buenas. No hay que desterrar lo negro. Pero tampoco hace falta bañarse en negro. Es muy sugerente y tentador el dejarse embriagar, el justificarlo todo, el obsesionarse.
Eso no funciona. Ahí fuera hace un día maravilloso, o eso creo. Y si no, seguro que es maravilloso para alguien. ¿Por qué no para mi? ¿Por qué no disfrutar de un libro, sonreír a un desconocido, sentirme querido y especial? Porque soy querido y especial. O como decía una amiga, "Eres unico y especial, como todos los demás". Que frase tan divertida.
No dejad que vuestras heridas se extiendan, que empapen todo, que os abrumen. El silencio, el aburrimiento... son malos consejeros, igual que el hambre, el sueño o el dolor. Cuidaros. Cuidaros por dentro y por fuera, dejad que lo malo salga. Encontrar algo que lo justifique o crearle una justificación y luego seguir adelante. Todo lo bueno, como todo lo malo, termina.
Y por Dios, no dejéis que el rencor os impida ser justos. Si una persona X os agravió, la culpa es de la persona X. El resto del mundo no tenemos nada que ver. En serio.

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