domingo, 10 de enero de 2016

Abrazos de verdad


Cualquiera que haya trabajado o conozca a chavales con Sindrome de Down o con retraso mental (y lo siento si ofende a alguien, pero es como se llama) sabe perfectamente de lo que hablo. De cuando te dan un abrazo de verdad, con todo el alma, de esos que te duele fisicamente pero por Dios, que no pare. Del que te junta los pedazos, te deja estremecido y te da miedo por cuanto de ti expone.
De ese. Del que te da un niño pequeño que te quiere y hace muchisimo que no te vé, del que te da tu madre cuando llevas medio año fuera. Del que te ancla al suelo, le da un sentido a tu vida y te recuerda que, oye, que hay gente que te quiere. Que algo debes valer en el mundo, cuando te dan un abrazo así.
Hacen falta abrazos de verdad. Mi primer beso con Mar fue así. Le dije "estoy tentado de darte un beso de verdad". Ella  me dijo "hazlo". La besé como se besa cuando no sabes, con cuidado, pero ella se tiró en plancha y yo me dejé arrastrar. Ese beso, un beso de verdad, es demasiado intimo y demasiado privado. Uno solo debería compartir ese tipo de besos con gente que realmente supongan un antes y un después en su vida, que se le metan debajo de la piel, aunque luego al arrancarlos se lleven consigo un trozo grande de ti.
Pero los abrazos. Ah esos abrazos. Abrazos de David el Gitano, abrazos como el que le dió mi hermano a Deivid cuando le dejó la novia, abrazos como el del Luichi en el funeral de mi hermano. Abrazos que te dicen "sé que estás mal, pero no estás solo" y en ese momento te das cuenta de cuan mal estás, pero a la vez del dolor viene el cariño, el calor, la esperanza.
No hace mucho me dieron un abrazo así. La Pequeña Princesa. Un abrazo que te hace suspirar y te recuerda que merece la pena vivir. No hace mucho bromeaba sobre mi alimentación y decía que me alimento de bocadillos de salchichas, maldad y, al menos, un abrazo a la semana.
Hacen falta esos abrazos. Hace falta más realidad en la realidad.

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