domingo, 10 de enero de 2016
Libertad y respeto
Soy un pobre ingenuo. No sé quién me decía el otro día que soy un Quijote. Pero me encuentro con conversaciones en las que hablo de libertad y de como, automaticamente asociada a ella, existe el concepto de responsabilidad. Que somos adultos y podemos (y debemos) hacer lo que queramos. Eso nos convierte en malas influencias. Porque cuando hablas de una libertad tan absoluta, sin limites, enseguida te surge el tema del respeto. De las leyes. De los niños, ¿es qué nadie va a pensar en los niños?
Señora. Por favor. La libertad no está exenta de responsabilidad y existe un respeto que surge de dicha responsabilidad. Pero eso también es una decisión. ¿Me entiende? No consiste en las Tablas de la Ley entregadas por Moisés a los hombres, sino del Imperativo Categórico que surge con Kant.
Pero no somos adultos. Somos niños y nos gusta que nos lleven de la mano, que nos tapen con mantas, que nos diga que todo va a salir bien. Buscamos seguridad, que es la forma bonita de decir que tenemos miedo. Y tenemos miedo de que nos hieran, nos mientan, nos sintamos solos... Bueno, bienvenido al mundo real. Decía una amiga que las cicatrices son hermosas, porque muestran que donde hubo una herida ahora hay algo que ha curado. Yo quiero vivir. Quiero equivocarme aunque duela, pero quiero equivocarme siendo consciente y tomando mis propias decisiones.
Quizás es que pido demasiado. Quizás sería mejor mentir, asentir con la cabeza, decirle a la gente lo que quiere oír y salirme con la mía. O sublimar los sentidos, drogarme con sensaciones, emociones, fantasías. Quizás sería más fácil dejar de sentir, dejar de vivir. Pero entonces no podría respetarme a mi mismo y... vaya. Curiosamente el respeto no surge del acatamiento de la norma, sino de la creencia firme en el valor que dicha norma representa. Lo que son las cosas.
Hay que aprender a rebelarse, para aprender a obedecer. Hay que aprender lo que cuesta la libertad, para saber respetarla.
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