jueves, 28 de enero de 2016
Y de repente, el silencio
Sucede. Te levantas un día y, de repente, no tienes prisa. No tienes necesidad de nada. Ni de nadie. Simplemente, estás bien. Equilibrado. Descubres que llevas demasiado tiempo sometido a un entorno que no te gusta y, simplemente, te sales de él. Dejas el ciclo de herida y recuperación.
Te acuestas cuando estás cansado. Te levantas fresco, con ganas de empezar el día. Haces deporte. Comes y la comida te sabe bien. Te cuidas. No bebes alcohol, haces deporte, estudias. Te sientes útil y productivo.
¿Estás solo? Pero no te sientes solo. Tienes cosas que hacer. Y el futuro, esa nebulosa extraña al final de la calle, ya no es un desconocido que te aterra.
Es la sensación de final de periodo. Cuando falta poco para que acabe una navegación y empiezas a despedirte mentalmente de cosas, emocionalmente de gente, físicamente de lugares. Al hacerlo, te sientes en paz contigo mismo y con todo eso. Los perdonas y te perdonas a ti mismo. Y haciéndolo te concentras en el ahora, mirando de reojo el mañana y lo disfrutas más. ¿Qué prisa hay? Haz lo que te gusta. Y hazlo mucho. Y no dejes que nadie camine con pies sucios por tu mente. Que nadie te diga que eres pequeño, torpe, inútil. Que nadie te diga "pero tu estás genial porque... ". Tu vida es tuya. y la vives y diriges tu. Que nadie te diga como tienes que vivirla.
Disfruta del silencio. Disfruta de ti.
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