sábado, 5 de marzo de 2016

Pecados de juventud


El otro día, recorriendo el email hasta la noche de los tiempos (mantengo la misma cuenta desde hace más de diez años), me encontré un correo que me sorprendió. Hace muchísimo tiempo mantuve una torrida relación por internet con una muchacha, ahora respetable mujer casada, en la cual hubo algunas conductas que probablemente fueran reprobables a los usos y costumbres morales. De dichas conductas quedaron algunos documentos literarios y un par graficos, que en ese momento contemplaba.
El ser humano es un animal social y tiende a juzgar y ser juzgado. Es una reacción tribal, parte de nuestra forma de identificarnos entre nosotros. Aún así, existen determinadas cuestiones que, precisamente por ser privadas, deberían no ser sujeto de juicio. Como dicen en los Mandamientos del Pastafarismo, lo que pase en una habitación entre dos adultos con su consentimiento es asunto suyo y exclusivamente suyo. Pero tendemos a ser cotillas, a meternos donde no nos llaman, a faltar al respeto. Pensamos que tenemos la verdad sentada en nuestro hombro y que somos un ejemplo de virtud, mientras ignoramos o escondemos nuestras faltas. Lo justo no es perdonar todas las faltas, sino comprender que existen faltas. La compasión, esa virtud tan ensalzada por el cristianismo, comienza con el respeto y la empatia.
Como decía ayer, todos aprendemos cometiendo errores, lo que no quita que seamos responsables de ellos. Pero el castigo debe ser proporcionado a la falta y, a nuestro alrededor, se juzga con demasiada dureza conductas que, en su justo contexto son tonterías.
Como leí el otro día, "la gente debería dedicar menos tiempo a buscar motivos para ofenderse". 

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