martes, 15 de marzo de 2016

Somos tan grandes como elijamos serlo



Hoy me han contado una historia que no conocía y qué, será porqué estoy tontorrón, me ha emocionado. Es curioso como, aunque conozcamos mucho a la gente que tenemos cerca y sepamos leer en su alma, aunque nos comuniquemos con toda naturalidad, aunque nos veamos venir... Aún podemos sorprendernos. Y eso me gusta.
Yo conocí a Jose Rabanal en San Fernando. Lo llamo Jose, como se llamaba mi hermano, aunque su nombre es Jose Luis y es de Madriz, con Z. Era un tío inteligente, divertido, orgulloso, apasionado, un poco punki. Un outsider total donde estábamos, y los perros verdes tendemos a juntarnos. Siempre me encantó su actitud, su irreverencia, que ocultaba un respeto serio por las cosas que realmente merecen respeto. Nos entendimos muy bien, pero hasta que hicimos aquel viaje por Alemania allá por dos mil doce no lo conocí de verdad. Se aprende mucho de alguien compartiendo maleta, coche, habitación, lluvia, hambre, frío, risas, historias. Aquel fue un gran viaje.
Esta historia pasó antes, pero encaja con el personaje que es. Jose es el capitán del equipo de fútbol americano de las películas, el primero en deportes, el más inteligente de la clase, el que habla más idiomas. La envidia, ese sentimiento tan español, lo persigue por todas partes pero él está muy ocupado siendo genial como para preocuparse de lo que piensen los demás.
Era la carrera de Navidad en la Escuela y la gente podía disfrazarse y hacer el tonto. Ajeno a ese espíritu, Jose corría y corría para ganar. Entre el grupo que competía había un chico, triatleta, que era la referencia deportiva. Todos se preguntaban quién ganaría entre ellos dos. Empezó la carrera y mi colega tomó la delantera, con el otro detrás. Estuvieron así durante toda la carrera, pero cuando quedaban doscientos metros Jose se paró, dejó que el otro lo alcanzara y entraron a la vez. La gente comentó que qué curioso, que hubieran empatado, y felicitaron al otro chaval pero este dijo que no, que para nada. Que Jose había ganado, pero se había dejado al final para que entraran juntos.
Yo no conocía esta historia. Aquel día estaba rebajado y tuve que trabajar, así que no vi la carrera. Jose nunca me lo ha contado, ni creo que me lo cuente. Pero es por cosas como esta, por la que me enorgullezco de llamarlo mi amigo. Porque en las derrotas se conoce a la gente, pero en las victorias también. Y me gusta creer que, en este mundo que día a día se va a tomar por saco, todavía hay gente que entiende que, a veces, la mejor forma de ganar es ganar juntos. Y que cuando corres, no corres más que contra ti mismo.

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