martes, 5 de noviembre de 2013
Ayer volví a verla
Fantasma de las navidades pasadas, oscura fantasia, diosa imposible con cara de elfa. ¿Por qué te miran tanto? ¿Qué pasa, que estás muy buena o algo? Cuando el agua caliente nos deja cicatrices, volvemos la mirada al dulce balsamo de los cristales rotos pisados. Nunca aprendemos, vivimos en circulos de dolor absurdo, volviendo a la casilla de salida.
¿Me siento responsable? Sí. ¿Me siento culpable? Para nada. Jugué las cartas que me dieron de la forma que mejor creí, y por cada espina que te clavé te regalé una rosa. ¿Vuelvo insistente a la fuente, para volver a ser rechazado? Infinitas veces y más volvería. Yo ni siquiera sabía que necesitaba que me salvaran, y tu me salvaste de mi mismo. ¿Como podría no intentar devolverte el gesto?
Ser friendzoneado. Te quiero como amigo. Esa terrible marca del hombre emasculado, renuncia a tu atractivo. No eres merecedor del premio, de atravesar la linea de meta y alzar los brazos, añadir otra muesca al cinturón que te permita presumir en medio de la tribu, del equipo de fútbol, de los colegas del bar.
Estoy fuera de eso. No tengo tribu, ni equipo de fútbol, ni colegas del bar. Presumir hace tiempo que perdió su sabor. Quiero oscuridad, quiero reflexión, quiero un paisaje. Quiero tumbarme entre las dunas y que la gente nos mire al pasar, quiero enterrarme en tu mente y esquivar los pinchazos, quiero no saber que será lo siguiente que se te ocurrirá.
¿Conformarse? Es una opción. Prefiero decir que trabajo con lo que tengo. Hay personas en la vida que merecen tanto la pena, que incluso aunque parezca que no nos devuelven lo que les damos, lo hacen.
Lo malo del pasado es que ningún presente puede competir con él. La lluvia fria no es tan fria como lo era, el filete de pollo no sabe tan rico como sabía. El paladar no tiene memoria, y mi paladar, mi piel, mi mente se relame ante el sabor que me ofrecias, queriendo olvidar la amargura y dejandola de lado. ¿Y qué más da? ¿Acaso puede existir placer sin dolor, o alegria sin tristeza? Me da igual cuantos caminos destrocé pisando con mis botas sobre tu jardin. Puedo volver a construirlos y lo haré, a poco que abras la mano y me dejes mirarte a los ojos. Porque yo soy tu oscuridad y estoy tan dentro de ti como tu misma, aunque no lo reconozcas. Y no quiero nombres, no quiero etiquetas, no quiero relaciones. No pido, no exijo. Ofrezco con la mano abierta y el corazón roto y generoso, esa geografia imposible de valles, colinas, bosques, acantilados, precipicios. Mar infinito. Que es mi alma, mis experiencias, mi curiosidad, mis sentimientos. Te ofrezco lo que soy y lo que seré, porque el pasado no puede competir con el presente y, si hay futuro, es en buena parte gracias a ti.
Y yo siempre pago mis deudas.
Aún así, si me lo pides educadamente, desapareceré para siempre. Porque si algo estoy aprendiendo estos días, es que la voluntad no sirve, ni el sentimiento tampoco, cuando algo está destinado a morir. En ese momento, por dignidad, lo unico que puede hacer uno es mover la mano desde la orilla, waving hands, tras quitarse el sombrero. Y cuando la barca se aleje por el rio oscuro, subir caminando de vuelta a la vida, con una sonrisa en los labios de tributo a todo lo bueno que fue. Y no volverse loco con lo que pudo haber sido, porque si no fue es porque no podía haber sido.
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