domingo, 3 de noviembre de 2013

Descendiendo la espiral del olvido


Ha sido un fin de semana maravilloso, de reencuentros, sol, tranquilidad, relax. Ha sido un balsamo para el espiritu, un olvidarme de lo que debo ser y un actuar como soy. Un no esperar nada y recibir demasiado.
Pero claro, está esa espinita clavada. Ese recuerdo esquivo, esa parte de mi vida que elige no serlo. Y entre los huecos de los edificios, en las sombras de las esquinas, en los paisajes que se superponen a la vista se insinua, se manifiesta. Ese perfil oscuro, esa sonrisa traidora, esa nariz concentrada. Ese espacio hecho de vacio y ese vacio hecho de espacio.
Y me pierdo. Y encuentro una escalera hacía abajo, hecha de encuentros pasados, y un pie sucede a otro mientras desciendo. Algo me hace pensar que ahí estás tu, aunque no quiero creerlo porque parece demasiado facil. A medida que bajo, la oscuridad me ciega y solo siento la pared con la mano derecha y los peldaños bajo mis pies. Voy más despacio. Una corriente de aire me dice que a la izquierda no tengo nada, pero no voy a detenerme por eso. Ya perdí el sabor de tu lengua y, más importante aún, el dolor de tu abrazo. No voy a renunciar a eso solo por una desconocida profundidad invisible.
Pero voy más despacio. Me asomo. Parece que la escalera terminó, porque más abajo de mis pies ya no hay pendiente. Sé que estás ahí. Sentada. Sonriendome, con esa sonrisa que se me clava como un puñal y que te desangra, pero que es tan parte de nosotros como mi seriedad tierna y distante, distraida. Puedes negarme, puedes negarte, pero eso no va a cambiar la realidad. Ni mi voluntad.
De repente no estás sentada. Estás de pie, estás saltando, estás a mi alrededor. Sigo sin ver pero todo mi entorno eres tu, tus palabras que son como caricias, tus ideas que son como dardos lanzados al vacio que se clavan en dianas imposibles. Esa mente que es un torbellino en el que me siento tentado de cabalgar hasta perderme a mi mismo, más frenetica que ningún concierto, más tranquila que la noche oscura en la que me intento esconder de mi mismo. Un niño asustado tirando botellas al mar, esperando a que alguien lo tome de la mano y lo lleve a la orilla para ahogarlo. Esperando que tu seas el milagro de ser tu, y a la vez no serlo, como en su momento fuimos el milagro de amarnos sin amar.

Se acaba el recreo. Las luces del puerto brillan a lo lejos y escucho un cañonazo. Mandan formar filas y dejar de ser, vuelve a apagarse mi luz y vuelvo a ser solo un muñeco entre varios, aunque en la jaula de mi pecho el preso se revuelva contra los barrotes y grite su ultraje. Tanto da. Cuando la luz se apague del todo, volveré a hacer como que te olvido durante semanas y meses, transitando por el desierto del espiritu, y tu harás como que nunca he existido. Si el amor y el odio están separados por un solo paso, ¿cuantos he dado en el camino del odio?
Que tontería de pregunta. Todos los que he podido. Todos los que he podido.

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