martes, 9 de junio de 2015

Los capullos no regalan flores


Ayer leí en Jot Down una entrevista a dos autoras, una de las cuales ha sacado un libro con el titulo de este artículo. Espero cotillearlo, la verdad es que promete. El caso es que me acordé de la primera vez que fui a Kiev, de una amiga, Masha Senicheva, que decía que nunca le habían regalado flores. Y yo, que soy muy cumplido para según que cosas, me fui a una vieja y, medio en ruso medio en caras y gestos, le compré dos rosas. Sin saber que, en Ucrania, el numero de flores depende de la circunstancia y dos se llevan a un entierro. Así que mi detalle hermosisimo de caballero terminó siendo una cutrez de psicopata.
Historias. El caso es que me vino bien para recordar cuantas de esas he hecho, casi siempre sin darme cuenta. El libro que le regalé a Rali. La peonada que eché con Elena la griega. Tantas y tantas cosas que he hecho, que para otra gente serían super epicas o importantisimas y a mi me parecen las mayores chorradas del mundo, porque no soy consciente de ello. Porque no considero que sea gran cosa tener un gesto con alguien, Porque cogerte un avión y colarte en la otra punta de Europa para tomar un café es, bueno, una excusa como otra cualquiera para ver una ciudad nueva. Porque mi lista de prioridades nunca fue la de la gente que tenía alrededor.
Lo curioso es que, volviendo al libro, el no ser un capullo lo unico que me ha garantizado es que mucha gente diga "ooohh". Que haya tenido historias muy locas, porque cada uno recoge lo que siempre. Que me lo haya pasado muy bien. Y que al final, haya acabado solo. Es el problema de las expectativas y el nivel, cuando uno se acostumbra a moverse por el mundo de mochila no le apetece quedarse en casa viendo "Salvame". Hay quien dice que, o encuentro a una loca como yo, o voy apañado. Hay un problema, señores. Las locas como yo hace tiempo que están cogidas, porque está muy bien coger un avión e irse por el mundo, pero el lunes hay que ir a trabajar, esos zapatos tan monos no me los puedo permitir si me pago el avión y, Ale, eres un encanto pero estás muy lejos. Siempre. De todo.
Así que bueno... quizás lo de las flores está sobrevalorado. Aunque me alegro y, como dicen los malos de las pelis, "¡volvería a hacerlo!". Porque merece mucho la pena la sonrisa que le sacas a alguien y el que, ahora, cuatro años después, puedas contar esa historia y reírte. Yo conozco a alguien que regaló flores. Y a alguien que escribe cartas. Y que se hace mil kilometros para ver a alguien y no folla. Yo.

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