sábado, 6 de junio de 2015
Un hobbit ario en Inglaterra (X)
Hoy me ha pasado una cosa muy rara. Estaba corriendo en la cinta, viendo videoclips, y ha salido uno de una inglesa a la que se le iba la cabeza y, harta de su oficina y su mierda de vida, se iba a vivir a un sitio que tenía toda la pinta de ser Canarias. El caso es que, viendola hacer la inglesa por esas playas de Dios, de repente he sentido que no estaba corriendo en una cinta eliptica en un gimnasio, sino en la playa. Y cuando acababa, harto de sudar, me metía en el mar con las piernas heladas y me tiraba a nadar. Se me llenaba la nariz y la garganta de sal y de agua, que sentía correr por dentro de mi y luego la escupia, en ese acto de comunión con el mar antes de la primera brazada, esa ablución religiosa en la que el cielo, la tierra y el mar se mezclaban y no existía gravedad, ni norte ni sur, ese punto cero del cual surgen todos los origenes y todos los destinos.
Parece mentira. ¿Cuando fue la última vez que nadé en la playa? ¿O que me tumbé al sol con un libro? Años fuera de Cádiz me hacen valorar la calidad de vida de allí. Supongo que es parte de las fases de todo viaje. Primero estás super contento de estar fuera. Luego te entra la morriña de lo que dejas atrás. Después haces balance. Yo estoy contento aquí. Me gusta mi trabajo, me gustan mis compañeros, me gusta lo que aprendo y lo que me permite para un futuro. Pero también me entra la melancolia de lo que dejé y el miedo por lo que vendrá. Supongo que en eso consiste ser humano, en esa contradición entre el disfrutar el momento y plantearse los "y si?".
En general, mola estar vivo.
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