lunes, 28 de agosto de 2017

Maldito perro triste



Había una vez un perro mochilero. Un perro acostumbrado a moverse mucho y a la gente rota. El perro se había movido mucho y sabía algunas cosas. Era un perro culto; leía libros, hablaba idiomas. Sabía distinguir entre un capitel jónico y uno corintio e incluso discutía sobre si las estatuas de Sans Seni eran románticas o neoclásicas con su amigo, el lobo feroz.
Uno de los talentos del perro era la compañía. Si hay algo que se le da bien a un perro, es apartar la soledad. Basta con que se sienten a tu lado y ya está. Los perros se dejan abrazar, gustan de golpearte con su hocico húmedo y pedirte caricias. Solo eso. Y nuestro perro era muy bueno animando a los demás. Les daba con la pata y les indicaba el camino. Ladraba. Nuestro perro era un jodido Lassie.
Claro que el lado malo de ayudar a los demás es que no sabes ayudarte a ti mismo.
Pero el perro quería aprender. Decidió construirse una rutina buena. Si empiezas el día haciendo tu cama, ya estás cambiando el mundo un poquito. En base a esa acción, podrás construir otras. E incluso si todo va horriblemente, cuando vuelvas a casa agotado y furioso verás la cama y sabrás que eso lo hiciste tu. Y podrás acostarte a pensar en un mañana mejor.
El perro se puso a ello. Consiguió cosas. Volvió a correr. Ganó autoestima y se sintió bien consigo mismo. Aprendió trucos. Ahora era un perro que iba a sitios, un perro mochilero con gafas de sol y pelaso.
Pero faltaba algo. Es el problema de los perros que leen; se pasan la vida haciéndose preguntas. Nuestro perro quería encontrar el equilibrio. La felicidad de los perros es fácil de conseguir, solo necesitas alimentación, descanso, ejercicio y un poco de cariño. Pero algo faltaba en la ecuación.
¿Qué es el equilibrio? Se preguntaba nuestro perro. ¿Cuánto es ser demasiado duro y cuanto demasiado blando con uno mismo? ¿Cómo aprender a flotar? Y mientras se hacía esas preguntas, el perro se mantenía ocupadísimo, porque las manos ociosas son el instrumento del Diablo.
Y de repente, una chispa de luz pasó por delante. Y el perro recordó. Recordó un tiempo mejor, con menos cicatrices y menos cansancio, con una mochila más ligera. O quizás era que su espalda entonces era más fuerte y la mochila pesaba menos. Recordó un tiempo en que todo parecía nuevo y brillante, el mundo por descubrir. Cuando una nueva iglesia no era "otra iglesia" y una nueva ciudad no era "otra ciudad", sino una oportunidad. Y se apartó de la luz. Porque esa luz no era para él, porque el perro era muy bueno arreglando cosas rotas pero no sabía que hacer con las que no lo estaban.
Maldito perro triste. Pobre maldito perro triste.

No hay comentarios:

Publicar un comentario