martes, 22 de agosto de 2017

Niños. Maldita sea



Ayer quedé con unos chavales que no conocía y fuimos a cenar. Estando comiendo bocadillos en un parque, unos niños embarcaron una pelota y nos pidieron que les echáramos una mano. Yo, que he suspendido educación física toda mi vida, de repente me encontré con que no era tan difícil trepar a un árbol, apoyarme en una mano y moverme como un mono. Se ve que esto del deporte sirve para algo.
Al menos para subirte a árboles y poder recoger pelotas.
El caso es que comentaba con los colegas lo curioso que está la vida y como, aunque nos venden drama PlayStation móviles y soledad, la gente sigue siendo gente. Los niños siguen jugando en parques o quedándose con cara de idiotas cuando les coge una ola, las familias siguen reuniéndose para pelearse por tonterías y comer juntos. Los bocadillos siguen estando buenos.
Y mientras, nosotros nos enfadamos y envenenamos por lo que leemos en el periódico, escuchamos en la radio, nos adelanta por la izquierda en la autovía. Ayer me corté la mano peleando con las ramas. Duele cuando la muevo, lo que suceda cada cinco segundos aproximadamente porque no sé estarme quieto. Como un maldito niño. Pero ese dolor me recuerda que estoy vivo, que tengo una mano que puedo usar (yo tecleo a dos manos. Nivelazo) y que, si queremos, podemos subirnos a árboles y hacer cosas que de niño nos parecían imposibles.
Sé que tengo que dormir más y dejar de escribir mierdas como esta. Pero me da igual. Esto es para mí y, al que no le guste, que no mire. Fácil. O que se suba a un árbol y se tire. Yo sigo asombrado de como, a veces, las cosas más pequeñas y normales nos pueden alegrar el día.

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