martes, 1 de agosto de 2017

Un paseo en bicicleta


Aún tengo salitre en el pelo. Y en la piel. Y en todas partes. Salitre y sudor y la piel achicharrada y una sonrisa.
Y me encanta. Hoy me he reencontrado con cosas que hace mucho que creía olvidadas. Charlando con Javi he confesado que perdí mi adolescencia y que tengo miedo de relacionarme, de no conocer el lenguaje de mi entorno. Que me siento inseguro en mi rareza, en mi diferencia. En cierto sentido es un trastorno psicopático, la desconexión con las emociones y el constante fingimiento. ¿No debería evitar poner esto aquí? Ni que lo leyeráis uds.
Volviendo al tema del asunto, he confesado muchas cosas. Entre otras, que buena parte de mi vida no la conozco. Que la he ido enterrando en capas de "deber", "necesidad", "obligaciones", "prioridades". Yo voy al final de la lista. Siempre detrás de una gran bandera a la que seguir, bajo la que esconder quién realmente soy. Y el resultado final es que no me conozco. Cuando fui al Natural History Museum de Londres me reencontré con el Prosi niño que soñaba con dinosaurios, con ser arqueologo y descubrir especies y nombrarlas y vivir aventuras.
Hoy, me he encontrado con otro pedazo de mí. Cuando apenas era un pibe e iba a Vigo a veranear, me daban una cierta envidia los chicos del pueblo que iban a la playa en bici. Yo apenas acababa de aprender a montar (otra de tantas cosas a las que llegué tarde) y me encantaba. Me encanta. Existe algo mágico en la bici. La forma en que te mueves más rápido, impulsado por tu cuerpo. La velocidad justa para poder disfrutar del paisaje, de la compañia y, a la vez, ir a los sitios en poco tiempo. Y la playa, ese lugar divino donde el mar besa la tierra, donde el aire es más limpio y salado, donde la luz brilla más. El mar, que sabe y huele y se siente tan bien, ese espacio salvaje y hermoso, ese desierto de luz.
Me ha llevado años y años. He necesitado disponer de un sitio propio para tener una bici. Y lo he hecho a proposito: me he ido a vivir no demasiado lejos de la playa. El coger la bici y dirigirme al carril (porque tanto para peatones como para conductores, una bici es un problema y un coñazo), irme pedaleando a la playa y tumbarme allí con un libro, en medio de respetables familias, es un triunfo tremendo. Representa la capacidad de hacer tus sueños realidad. Sueños sencillos, una bici, una toalla, un libro. Pero algo que me ha costado años y no poco esfuerzo y que ahora, en este espacio en blanco entre un esfuerzo y otro, puedo disfrutar y saborearlo.
Que bien se siente recuperar a ese adolescente que soñaba con ir a la playa en su propia bici. Que bien se siente disfrutar de las cosas buenas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario