miércoles, 28 de octubre de 2015

¿Que haremos cuando el amor se acabe?


Esta pregunta me la hizo Vicen hace unas semanas y me dejó de cubito supino (po atrinca!). Estabamos hablando sobre la vida, una de esas conversaciones nuestras donde se mezclan los problemas diarios con la filosofia con la musica con el amor con los paisajes con el humor negrisimo. Yo le dije que nuestro deber era hacer del mundo a nuestro alrededor un lugar, aunque fuera solo un poquito, mejor. Y él me preguntó esto.
Como ya he dicho, me dejó a cuadros. Y aún hoy le doy vueltas a esa pregunta.

Nos han enseñado que todo es un recurso a administrar y comercializar. Como los abrazos de Mar o ahora el amor de Vicen. Cuando realmente yo no creo que lo sean. Ni se acaban los abrazos, ni se nos acaba el amor. El amor es algo que generamos constantemente, cuando escuchamos una canción que nos hace sonreír, cuando vemos un lugar que nos gusta, cuando recordamos algo que nos pasó, cuando leemos algo que nos emociona. Podemos generar amor tan a menudo como nos sintamos bien, como creamos en aquello que estemos haciendo. Cuando tengamos la certeza de que hacemos lo adecuado y somos felices. Así que no, no creo que el amor se nos acabe.

Lo que si se nos acaba es el tiempo. La fé. La confianza. Esas cosas si se nos pueden acabar y, una vez se gastan, es muy difícil generar ese amor que decía, esa fuerza, esa esperanza. Ayer le decía a Dominik, ese amigo que encontré casi de casualidad al que, sorpresa para mi, llamo "bruder" -quizás porque en otro idioma las palabras parece que comprometen menos-, que lo que debo hacer con mi vida romantica es lo mismo que hago con el resto de mi vida. Luchar, creer, pensar, sonreír. Teniendo esas cosas claras, el resto viene detrás. Ese "creer" es la fé a la que vengo a referirme. Tenemos que sentir esa esperanza de que la vida merece la pena ser vivida, que la gente con la que nos relacionamos es aquella que nos aporta, que las cosas que hacemos tienen un sentido. Tenemos que disfrutar de nosotros mismos, de lo que somos, de lo que vivimos. El amor que generamos, esa vida a nuestro alrededor que mejoramos... lo hacemos desde la confianza en que podemos. En que tenemos algo que aportar, en que somos valiosos. Y a la vez, lo hacemos sabiendo que lo que sembramos dará fruto. No tiene sentido esforzarse en enseñar a correr a un pez, porque solo nos generará frustración y desesperación. Para que no se nos acabe el amor, tenemos que administrar nuestros recursos que SI son finitos.

Quizás Mar y Vicen tienen razón cuando dicen que esas cosas se acaban, pero no porque se acaben ellas... sino porque se acaban lo que las genera. Esa fuerza que surge de nosotros y que sacude el mundo cuando te dan un abrazo de verdad, de esos que se te mete debajo de la piel, surge de la intimidad de desnudar tu alma ante alguien. Y solo puedes hacer eso si no tienes miedo de que te lastimen o si eres lo bastante duro como para soportar el dolor de los cortes. A su vez, la capacidad de inspirar, de hacer creer, de levantar a alguien cuando está caido... surge de tu fé en que esa persona puede, en que tu eres capaz de acompañarlo y guiarlo, de que no te faltará fuerza. Tanto una cosa como otra depende mucho de como nos sintamos nosotros mismos, de como administremos esa energia. Mucha gente me ha comentado en el último año como les gusta la fuerza con que me levanto por las mañanas, mi alegria, mi entusiasmo. Pero esa alegria y ese entusiasmo no son infinitos, surgen de mi pacto con el universo que renuevo cada día. Yo me esfuerzo, creo, lucho, sueño, sonrío. Y a cambio, el universo sigue dandome motivos para ello, causas dignas de ser luchadas, inspiraciones. Porque realmente la vida merece la pena ser vivida.

Cuando el amor se acabe, nos apagaremos como se apagan las velas al final de una fiesta. Nos volveremos grises y apagados, plumbeos juguetes descartados. Volveremos a ser 'normales' y despreciaremos y odiaremos lo que fuimos. Como plomo, nos volveremos pesados y toxicos y nos iremos hundiendo en la oscuridad, para terminar desapareciendo.

Hoy voy a leerme algo de Douglas Coupland. Cuando uno se siente perdido, siempre es bueno volver a casa. Y eh. Gracías a los que aún estáis ahí. Esto merece la pena, en parte, por y para vosotros. Porque somos un círculo y cada uno da lo que recibe, o lo que percibe que debe recibir.

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