viernes, 23 de octubre de 2015

Un mundo a medio percibir


Dado que paso horas y horas encerrado en una oficina o en un bus, esperando que pase algo y luego corriendo a hacer lo que sea, tengo muchisimo tiempo de internet y comunicación a distancia. Medios telematicos que le llaman. Hace un ratito estaba mirando fotos (facebook es el paraiso de los cotillas) y pensaba que es una relativa tragedia la incomunicación. O quizás no tanto la incomunicación sino la falta de conciencia ante la riqueza de nuestros sentidos y todas las facetas de comunicación que tenemos a nuestra disposición.
Voy a poner un ejemplo. Hace un rato recibí un correo de una compañera. Es una chica que, a simple vista, no resulta muy atractiva. Pero tiene una forma de hablar tranquila y amable, simpatica, de persona sensata. Tiene un acento que me resulta fascinante. Y tiene un lenguaje corporal muy... como decirlo. Acogedor. Es una persona con la que es muy fácil hacer amistad, porque se presta a ello. Ninguna foto de facebook muestra eso. Ningún emoticono representa la escucha proactiva, el gesto complice que provoca la risa, el silencio reproche cuando dices algo que no debes.
En un mundo acelerado, donde cada vez pasamos más tiempo pegados a una pantalla, vamos perdiendo poco a poco la capacidad de comunicar y de percibir. De apreciar la belleza de las cosas, su momento, su complejidad. Vamos corriendo del bus a casa, sin pararnos a darnos cuenta de lo bonito que está hoy el cielo. Encerrados en nuestro ipad que nos pone solo la musica que queremos escuchar, perdemos la capacidad de sorprendernos con algo nuevo y abrir nuestra mente. Fabricamos "corrales" (solo mis amigos, solo mi pareja, solo mis compañeros, solo... ) y crece el miedo a lo desconocido y nuestra capacidad de adaptarnos.
Y así, día a día, cada vez más sordos, cada vez más ciegos, cada vez más insensibles. Incapaces de entender que un piropo es una caricia hecha de palabras, que un gesto amable a un desconocido es un regalo al mundo, vamos desconfiando de todo y de todos, encerrandonos cada vez más, hasta que crece la ira, la frustración, el miedo, la tristeza. Nos hacemos más pequeños en vez de más grandes, por elegir -conscientemente-, vivir en un mundo más "seguro". Como decía Benjamin Franklin, aquella sociedad que renuncie a la libertad para conseguir seguridad no merece ni una ni otra. Y realmente no la tendremos, mientras no desarrollemos nuestro potencial, mientras no adquiramos una mayor percepción, una mayor reflexión, una mayor curiosidad. Hay que salir del corral. Hay que mezclarse con el mundo.

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