viernes, 23 de octubre de 2015

Sobre Madrid y el trato al público


Llevo un año y algo viviendo en Madrid. Lo de vivir en Madrid es una forma de hablar, porque con mi horario de trabajo (en el que incluyo piscina y correr y tal) y mis escaqueos, realmente vivo solo a medias aquí. He salido algunos días de vacaciones pero, cuando me quedo aquí, suele ser porque tengo que descansar o trabajar.
Resumiendo, que no tengo mucha idea de como es Madrid.
Pero el asunto del post, basado en mis cortas experiencia, es lo suficientemente llamativo como para merecer una reflexión. La semana pasada con Marc fui al Museo del Jamón y casi me escupieron a la cara. Una noche con Rob por el centro por poco acabo a puñetazos con un camarero. Y hoy, mientras preguntaba a que hora habría un local, me han echado con gesto imperativo de juez de linea como si fuera solo un pobre borracho.
A ver, entiendo que Madrid es una ciudad áspera y bronca. Entiendo que la gente tiene mucha prisa. Entiendo que, tradicionalmente, el madrileño ha presumido de arrogante y chulo. Pero no deja de resultarme llamativo que se reconozca al camarero local, no por el acento o la familiaridad con el entorno, sino por los malos modales. Como si esa fuera una muestra de identidad de la que estar orgulloso. Como si ser despota, grosero y malencarado fuera algo a cultivar, a cuidar. Que a mi, que estoy aquí de paso y casi no salgo, la verdad es que me da un poco igual. Simplemente no vuelvo al sitio y listo. Pero me resulta un poco absurdo y triste que, pudiendo ofrecer un servicio de calidad y que el visitante salga del local con una sonrisa, lo que tenemos es que, cuando vienen amigos extranjeros, yo me los llevo al sur. Porque quiero que estén comodos y se sientan bien y porque nadie tiene porqué ser maltratado en un local.
Realmente, es decepcionante ir a un sitio, pagando, y sentirte despreciado. Y es más triste aún que ese sea el modelo de negocio que crean que les va a mantener.

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