jueves, 15 de mayo de 2014

Alcohol.


Antes de este curso casi no bebía. Y la verdad, no creo que haya salido ganando demasiado con el cambio. No me gusta beber. Te suelta la lengua, te abre el corazón y te deja huecos en la armadura. Puede que te rias, sí... pero luego el poso que deja es amargo. El mal sabor de boca. El dolor de cabeza. El cansancio. Sí, ese cansancio que no me suelta nunca. Ayer me acosté a medianoche y a las tres ya no podía dormir más. A las seis suena el despertador y me quiero morir. Un poquito más. Solo un poquito más.
Esta no es vida. Me engaño a mi mismo. Me doy animos. Hago cosas... pero en cuanto me descuido, en cuanto suelto demasiado las riendas, me agarra del cuello y me sacude. Demasiadas ansias insatisfechas. ¿Frustración? Que palabra tan curiosa. Antes tampoco sabía lo que significaba.

He bebido en otras ocasiones. Y no ha estado mal. Cuando estás con determinada gente, cuando tienes por así decirlo un colchón emocional... entonces no está mal. Cuando compartes tu estado de destrucción personal. Pero una de las cosas que he aprendido en este curso, y esta es importante, es que un guerrero solo deja sus armas en casa. Ojo, ya lo sabía. El tema es que ahora, como los niños pequeños que tienen que aprender a no fiarse de nadie, estoy aprendiendo que "casa" es muy muy poquita gente. Y que tampoco puedo irme con el primero que me dé un caramelo.

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